Había esperado tanto este viaje que no podía creer que finalmente lo había logrado. Puso su alarma a las siete de la mañana porque quería aprovechar todo el tiempo que pudiera en París. Pasó toda la noche planeando los lugares que iba a visitar; había tantas opciones que se durmió un poco abrumada, pero pensó que por la mañana la emoción sería mayor que esa pequeña ansiedad que sentía.
El hotel tenía desayuno incluido, pero no iba a desperdiciar la oportunidad de desayunar afuera, en la ciudad, rodeada del mundo parisino. Salió del hotel y caminó hacia el centro. Para su sorpresa, las calles estaban llenas. Por un lado podía identificar a los locales, y los turistas eran demasiado fáciles de notar. Las calles estaban abarrotadas de americanos, con sus cámaras y celulares, fotografiando cada cosa que venía. Nadie parecía estar disfrutando el momento, sino apresurándose a conocer todo. No le dio mucha importancia y siguió su camino.
La noche anterior había visto varios videos de un restaurante en el centro hermoso, y quería desayunar allí, pero cuando llegó el lugar estaba lleno. Volteó para todos lados para buscar otros sitios y todos estaban repletos. Terminó comprando un café y un sándwich en un Starbucks que tenía una fila enorme. Su ansiedad empezaba a crecer dentro de ella. Se sentó en una fuente y desayunó, sola.
A su alrededor había museos, galerías, panaderías gourmet e interminables locales de arte y cultura. Su corazón comenzó a latir más rápido. Tanto arte la abrumaba. La ansiedad seguía aumentando. Terminó su desayuno y siguió su camino.
Entró en una galería de arte. Todo estaba en francés y algunas cosas en inglés, pero ella solo hablaba español. Se acercó a una pareja intentando pedir información, pero al poco tiempo, dándose cuenta de que era imposible comunicarse, la ansiedad le recorrió todo el cuerpo. Se fue directo al baño y se encerró. Comenzó a hiperventilar.
No era para nada lo que había soñado. Tanto tiempo pensó en el viaje que olvidó pensar en las cosas más básicas, y obviamente la ciudad iba a estar llena de turistas. Intentó calmarse, sacó su celular y abrió la aplicación de traductor. Salió del baño y recorrió la galería. Con la aplicación traducía los carteles de las obras. Pero la ansiedad no bajaba, y no paraba de chocar con gente.
Finalmente salió de la galería, sudada y con la respiración agitada. Se sentó en las escaleras y comenzó a llorar. Nadie parecía verla. La ansiedad se sentía como una presión en su cuerpo, como si fuera a reventar.
De pronto levantó la mirada y la vio: la Torre Eiffel. En un segundo la ansiedad desapareció. El asombro era tan grande que, por un instante, su mente se quedó en blanco. Una sonrisa se dibujó en su rostro y, por un momento, su viaje cobró sentido.
