Flor de León

Llenando la hoja en blanco

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Autor: Alfredo H. Álvarez

el adulto que rie como niño

El adulto que rie como niño

Publicada el febrero 11, 2026febrero 11, 2026 por Alfredo H. Álvarez

James Victore decía que “las cosas que te hacían raro cuando eras niño te hacen grandioso hoy”, y no podría estar más de acuerdo. Todo aquello que nos hacía reír de niños, lo que nos llenaba de emoción, lo que nos obsesionaba hasta el punto de hablar de ello durante horas, eso es, en realidad nuestra verdadera esencia.

Es triste ver cómo ese niño emocionado se transforma en una persona gris, en alguien que enterró sus pasiones por quedar bien ante la sociedad. No veas caricaturas, no compres juguetes, no juegues esos videojuegos. Los adultos “de verdad” se visten bien, hablan de finanzas, hablan de política.

No caigas en esa trampa. Ser adulto no es ser aburrido, no es ser “serio”. Crecer es encontrar cómo tus pasiones pueden sostenerte en la vida. Suena a cliché, pero dicen que si amas lo que haces nunca se sentirá como trabajo… y es cierto.

En un mundo que te empuja constantemente a producir, a proveer, a construir una carrera en áreas específicas, sacar provecho de tus pasiones es algo poco común. Pero no porque nuestras “rarezas” no puedan ser comerciales, sino porque pocos se atreven a dar ese paso.

Y sí, muchas veces quienes podemos hacerlo es gracias a cierto privilegio del que gozamos. No todas las personas pueden darse el “lujo” de dedicarse a su pasión. Dicen que si el dinero no fuera problema en las personas, todos nos inclinaríamos a la cultura. Pero si tenemos la oportunidad —gracias a nuestros padres, a nuestra familia o a nuestros contactos— no hacerlo sería fallarle a nuestro niño interior. Porque todo lo que te hacía sonreír de niño también puede hacerlo de adulto.

Poema monosilábico

Poema monosilábico

Publicada el febrero 11, 2026febrero 11, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Yo vi la luz del sol

tu voz me dio paz

por el mar te vi

al sur se fue

tu piel fue juez

No sé si fue Dios

o la piel de tu ser

no sé si fue miel

o ron o fe

sí, fue fe

Con Dios o sin él

tu voz es mi ley

rio por ti

doy el sol y el mar

por ti, lo sé.

La falacia del tiempo perdido

Publicada el febrero 10, 2026febrero 10, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Abandonar algo suele estar muy mal visto por la mayoría de la gente, pero ¿de verdad es tan malo? Muchas personas eligen estudiar una carrera y, a mitad del camino, se dan cuenta que no es lo suyo. Aun así, tienen miedo de dejarla porque ya invirtieron mucho tiempo en ella. Pero ¿qué es peor: seguir gastando tiempo en algo que no es tu vocación o abandonar esa carrera y dedicarte a algo que realmente te atraiga?

Para muchos, aceptar que a veces es mejor abandonar que empezar de nuevo resulta muy difícil. “Ya te falta poco, mejor termina”, suele decirse. Sin embargo, creo que no tiene nada de malo abandonar algo cuando existen razones válidas para hacerlo. No nos vuelve más “débiles” aceptar la derrota, perder o empezar de nuevo. Somos humanos.

La vida no trae un manual de instrucciones, pero sí una certeza: solo se vive una vez. Por eso, vivámosla bien, aprendiendo a reconocer cuándo es momento de soltar y seguir adelante.

1700 nuevas palabras

1700 nuevas palabras

Publicada el febrero 6, 2026febrero 6, 2026 por Alfredo H. Álvarez

«Desvístase y venga a la cama» es, quizá, una de esas frases que todos deseamos escuchar alguna vez en la vida. Tan simple en apariencia, pero cargada de intención y cercanía. Lo curioso es que la existencia misma de la palabra undress (desvestirse) se le atribuye a la creatividad de William Shakespeare. Sí: no siempre estuvo ahí. Al Bardo de Avon se le adjudica la invención de más de 1,700 palabras y expresiones que hoy forman parte esencial del idioma inglés.

Shakespeare no solo escribió teatro: moldeó la lengua. Lo hizo mezclando palabras, transformando verbos en sustantivos y sustantivos en adjetivos, rescatando vocablos en desuso y dotándolos de nueva vida. Su huella es indiscutible, no solo en el escenario y la literatura, sino en la gramática misma del inglés moderno.

De Enrique VI (1591) extraigo esta frase:

«Mientras otros chocan vidas, honores, tierras, y todo se apresura hacia la nada».

De ahí surge otro ejemplo fascinante: hurry (apresurarse), una palabra más que Shakespeare introdujo al idioma y que hoy usamos sin cuestionar su origen.

Qué cosa tan majestuosa: ser recordado no solo por tus obras de teatro y tus escritos, sino por haber ampliado las fronteras del lenguaje. Una hazaña que, con toda probabilidad, ningún artista contemporáneo podrá repetir en la misma magnitud. Pero eso no debería desanimarnos. Al final, todos aportamos —en mayor o menor medida— a este vasto, cambiante y a veces despiadado bosque que es la cultura.

Así que sigamos escribiendo. Sigamos jugando con las palabras. Y quién sabe: quizá algún día nosotros también inventemos una que otra expresión nueva. Digo, si de México ya salió la palabra “licuachela”.

La niña que amaba robar

La niña que amaba robar

Publicada el febrero 5, 2026febrero 5, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Daniela empezó a robar a los ocho años. La primera vez fue algo inocente: un simple lapicero bonito que le vio a Lucía, su compañera de clase. Daniela quería usarlo y lo tomó; nunca lo devolvió. Al poco tiempo, su cuarto ya estaba lleno de plumas de todos los colores y estilos. Lo más gracioso era que siempre escribía con el mismo lapicero que le había regalado su papá, uno que no tenía nada especial.

En la secundaria, Daniel se atrevió a más. Un día, durante el receso, se robó unos refrescos de la cafetería, pero no se los tomó; de hecho, después se formó y se compró un café. A esa edad ni siquiera se cuestionaba por qué lo hacía: simplemente lo seguía haciendo. Luego pasó a tomar cosas de la tienda de la cuadra, dulces del supermercado y billetes de la bolsa de su mamá. Pronto, ya no cabían más cosas en su cuarto. No les tenía apego; casi todo lo regalaba.

Cuando creció, Daniela se casó con un policía. Tuvieron a su primer hijo, pero el salario no les alcanzaba para muchas cosas, así que, si necesitaba algo para el bebé, lo tomaba del super. Cuando salían a comer, le gustaba llevarse los menús; en los parques, los letreros; en los bares, los portavasos. Tenía sus objetos preferidos de cada lugar. En la escuela de su hijo se robaba los carteles del tablero de anuncios; en la comisaría coleccionaba los avisos de “se busca”; en la casa de sus papás se llevaba las cucharas e imaginaba a sus padres mezclando el azúcar de su café con un tenedor, y se reía.

La primera vez que se detuvo a pensar por qué lo hacía fue cuando su hijo ganó un concurso de spelling en la escuela. Sintió una urgencia enorme de robarse el diploma de su hijo. Esa noche se quedó dormida llorando; a la mañana siguiente, lo robó. Poco a poco fue odiando su cleptomanía. Antes la amaba, pero ahora las cosas que realmente significaban algo para sus seres queridos desaparecían: el regalo que le dio a su esposo en su décimo aniversario, la medalla de cuarenta años de servicio de su papá, el juguete favorito de su hijo.

De pronto, robar se convirtió en el peor momento de su día. Ya no quería seguir haciéndolo. El día que robó el anillo que su hijo había comprado para proponerle matrimonio a su novia, ese día Daniela se detuvo. Ese día hizo su último robo. Se robó su vida. Solo así paró.

El hábito de escribir

El hábito de escribir

Publicada el febrero 5, 2026febrero 5, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Me preguntaron qué buscaba al escribir en este blog todos los días, y mi primera respuesta fue la disciplina. Una de las cosas más difíciles de escribir, es en realidad, sentarse a escribir. Tanto para quienes escribimos ficción como para quienes escriben guiones, hacen ensayos o incluso están trabajando en su tesis. La constancia es difícil en todo, pero para mí es especialmente difícil al escribir. Y no es que no ame escribir; de hecho, me siento muy bien cuando lo hago. El problema es la hoja en blanco, ese temor que uno siente al comenzar.

Me pasa con varias cosas: hacer ejercicio, limpiar, levantarme de la cama. Pero este ejercicio de escribir a diario me ha ayudado a soltar la mano. No tiene que salir la obra de arte que va a cambiar la literatura; sólo tiene que ser el lubricante de mi creatividad. Solo necesito crearme el hábito. Sean las palabras que sean, pero que sean. Que salga lo que tenga que salir.

Y desde que empezó este año he sido un poquito más feliz. Comencé a caminar (no a diario, pero comencé); también empecé a hacer ejercicio. Quizá este sea mi año para dejar de lado el miedo y empezar todo lo que siempre quise hacer. Ya se verá. De mientras, ya escribí y hoy ya me siento un poquito mejor.

Hoy es un día lluvioso

Hoy es un día lluvioso

Publicada el febrero 2, 2026febrero 2, 2026 por Alfredo H. Álvarez

El día comenzó más lluvioso de lo habitual. La niebla se extendía por la ciudad como un manto gris de melancolía. El frío se colaba por todas partes: las manos ardían, las piernas temblaban y el rostro se encendía bajo la caricia áspera de la baja temperatura.

Siempre se ha dicho que febrero es el mes más frío del año, pero por alguna razón, cada año me sorprende descubrir cuán frío puede llegar a ser en realidad. Aun así, la vida no se detiene. Nos cubrimos con chamarras, guantes, botas y toda clase de prendas que nos ayudan a atravesar el día.

Chocolate caliente, tamales, champurrado y otras bebidas y comidas clientes llenan las mesas en estos días. Hay algo profundamente relajante en contemplar la lluvia caer. Siempre me han gustado los días como hoy, porque en días así todo parece avanzar más despacio.

Saudade

Saudade

Publicada el febrero 2, 2026febrero 2, 2026 por Alfredo H. Álvarez

En portugués existe una palabra que no tiene una traducción exacta al español: saudade. Designa un sentimiento de melancolía o de profundo anhelo por alguien, algo o algún lugar que ya no está y que, probablemente, nunca vuelva. Es una palabra que condensa amor y dolor en una misma emoción. Alguna vez leí que la describen como “el bien que se padece y el mal que se disfruta”.

Para mí, esta palabra podría englobar lo que muchos sentimos de la vida después de cierta edad. Al crecer, la vida adquiere un sabor distinto. Nos volvemos más sabios, pero a costa de los dolores que atravesamos en el camino. Aprendemos de nuestros errores, aunque a veces el arrepentimiento llega cuando ya no queda nadie a quien decírselo.

Hay personas que dejamos atrás: amigos a quienes lastimamos, familia que no supimos valorar, amores que se extinguen. La vida es tan breve para nosotros que quizá por eso amamos con tanta rapidez. Hacemos amistades en el trayecto, vínculos que no alcanzamos a apreciar hasta que es demasiado tarde, porque hay despedidas que solo se comprenden cuando los años ya han pasado.

Creemos que tenemos tiempo de sobra, pero, cuando nos damos cuenta, ese familiar al que tanto queríamos ya no está y no compartimos con él todo el tiempo que hubiéramos deseado. La vida está hecha de recuerdos, y estos nunca desaparecen: solo aprender a doler de otra manera.
Por eso, no vivamos anclados en la nostalgia. Dejemos de sumar a la lista de la saudade personas, lugares y cosas. Vivir es otra forma de honrar lo que fue.

Al universo le valemos madre

Al universo le valemos madre

Publicada el febrero 2, 2026febrero 2, 2026 por Alfredo H. Álvarez

La mayoría de las personas necesita darle sentido a las cosas. Creemos que existe algo más grande que nosotros que rige nuestra vida: algunos lo llaman destino, otros Dios. Pero la verdad es que el universo es caótico; no es más que una cadena de eventos sin un fin concreto. Somos nosotros quienes le otorgamos significado. Somos nosotros quienes creamos la ilusión del orden.

El universo es caótico, violento y aleatorio. Sin embargo, el ser humano necesita creer que todo tiene un propósito. Tomemos como ejemplo la gravedad. En la escuela nos enseñan que Newton la descubrió porque una manzana le cayó en la cabeza mientras descansaba bajo un árbol. Una historia simple, casi poética. Pero la realidad fue distinta.

Newton no estaba contemplando la naturaleza por placer: huía de la plaga que azotaba Londres y se refugió en su casa de campo, en Woolsthorpe Manor. Allí, un día, vio caer una manzana en su jardín y se preguntó por qué había ocurrido. Un suceso terrible —una epidemia devastadora— fue el contexto que llevó al descubrimiento de algo que hoy damos por sentado. No hubo destino ni diseño divino, solo una sucesión de eventos aislados a los que, después, les dimos sentido.

Y la plaga no terminó ahí. Continuó y aniquiló a una enorme parte de la población europea. Si existieran el destino o Dios, ¿no podrían haber elegido una forma menos violenta de conducir al descubrimiento de la gravedad?

Pensemos también en los trasplantes de corazón: sin la Segunda Guerra Mundial, no habrían sido posibles. ¿Qué tiene de poético un genocido? ¿Dónde está el orden perfecto del universo en medio de la destrucción? ¿Que Dios sería capaz de darle cáncer a un recién nacido?

Al universo le valemos madre.

Adicta a la velocidad

Adicta a la velocidad

Publicada el enero 28, 2026enero 28, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Ella era adicta a la velocidad.

Todo comenzó con las motocicletas. Tomaba las autopistas con su moto de pista y se lanzaba a toda velocidad, devorando el asfalto. Amaba las curvas, ese instante preciso en el que su rodilla rozaba el pavimento a milímetros del suelo era su goce. Pronto se volvió una auténtica junkie de la adrenalina.

Durante un tiempo retaba a los traileros. Le excitaba colocarse justo frente a ellos, tan pegada al trailer que el chofer dejaba de verla desde la cabina. Esa sensación de fragilidad absoluta, de poder ser aplastada en cualquier segundo, la fascinaba.

Poco a poco fue subiendo la apuesta. Primero abandonó las protecciones. Luego el caso. Casi sin ropa, desafiaba al destino con el cuerpo expuesto. Pero su hambre de peligro no conocía límites.

Cambió la motocicleta por un convertible clásico: un Mustang rojo. Aceleraba a fondo y manejaba sin rumbo, dejándose llevar. A veces cerraba los ojos durante tres segundos mientras conducía. Después fueron cinco. Luego diez. Cada segundo a ciegas era una caricia más al abismo.

Tentaba a la muerte, eso la excitaba.

Su obsesión podría haber sido infinita, pero la suerte siempre tiene un final. El Mustang terminó estampado contra una caseta de cobro. En ese instante, mientras el metal se retorcía y el impacto lo llenaba todo, sintió el orgasmo más glorioso de su vida. Ver cómo su existencia llegaba al borde del final la llevó al éxtasis.

El choque fue tan violento como el gemido de placer que escapó de su boca.

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Este es mi diario, un recordatorio que tengo que escribir todos los días. Todos los relatos aquí son de ficción.

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