Flor de León

Llenando la hoja en blanco

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Autor: Alfredo H. Álvarez

Los aliens no tienen sentido del humor

Los aliens no tienen sentido del humor

Publicada el enero 28, 2026enero 28, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Qué pena que los alienígenas no tengan nuestro sentido del humor. Imagínate ir en tu nave espacial, sobrevolando la Ciudad de México, y de pronto encontrarte con una caravana de botargas del Dr. Simi perreando por toda la calle. Los aliens no se van a reír de eso.

Es triste pensar que visitan un planeta lleno de momentos chistosos, coincidencias perfectas para una carcajada, y ellos —privilegiados con una nave espacial de último modelo— pasan de largo pensando en la extracción de órganos y la dominación global.

Con esa tecnología podrían abducir a los mejores standuperos del mundo, pero no: prefieran las vacas. ¿Por qué les interesan tanto las vacas? ¿Acaso la leche es la moneda de cambio en la galaxia y nadie nos dijo? ¿Será la Tierra una mina de “vacas”?

Quizá los símbolos en los campos de maíz son, en realidad, chistes que nos dejan los aliens, pero nosotros no tenemos su sentido del humor. Tal vez se esfuerzan muchísimo en pensar un buen chiste para nosotros y simplemente lo ignoramos. Uno creyendo que nos dejan el secreto del universo, cuando ellos simplemente están dejando un chiste de porque el marciano cruzó la galaxia.

Qué pena que los humanos no tengamos su sentido del humor.

Todos deberíamos escribir

Todos deberíamos escribir

Publicada el enero 27, 2026enero 27, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Todos deberíamos escribir.

No como obligación, sino como un acto íntimo de placer. Escribir es una de esas raras actividades que se disfrutan de verdad en soledad, aunque poco se hable de ellas. Vivimos desconfiando de lo que se hace a solas: ir al cine sin compañía, viajar sin nadie, sentarse en el parque a solas. Como si la soledad necesitara justificación.

Escribir no necesita una finalidad.

Escribir es un territorio propio. Un tiempo suspendido donde la voz interior deja de susurrar y se atreve a hablar. En la escritura se derraman frustraciones, miedos, pasiones; ahí aparecen, sin maquillaje, nuestras intenciones más honestas. Al escribir imaginamos, reflexionamos, pensamos —pero también sentimos— con una claridad que rara vez nos permitimos.

Escribir es, además, un acto de desdoblamiento. No siempre escribimos con nuestra voz: a veces prestamos las letras a un personaje. Pensamos como él, decidimos como él, fallamos como él fallaría.

Escribir es dar a luz: ideas, mundos, preguntas, versiones de nosotros mismos que no sabíamos que existían. Todo eso puede hacerse en silencio, a solas, sin aplausos.

Por eso es que todos deberíamos escribir.

Creepypasta

El moderno Sansón

Publicada el enero 27, 2026enero 27, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Un día, navegando por la red, me encontré con una de esas leyendas urbanas bien random. Se titulaba El moderno Sansón. Estaba en un hilo de Reddit sobre leyendas urbanas. Un usuario había escrito que en las calles de su ciudad existía la leyenda de una especie de Sansón: un hombre de cabello largo que, según los testigos, tenía poderes misteriosos.

Hasta ahí todo bien; lo raro empezaba cuando explicaban los poderes de este sujeto sacado de un capítulo de Gravity Falls. Decían que su cabello era tan duro como el acero. Otros afirmaban que podía curar el cáncer si lo consumías diariamente. Algunos incluso aseguraban que se podía hacer ropa con su cabello y que esta nunca se deterioraba.

Todo esto parecía sacado de esas historias de internet de los 2000, cuando hablaban de Chuck Norris. Tenía años que no encontraba algo tan gracioso en internet que no fuera un meme o video en instagram. Era el internet de antes, el de la vieja escuela, el de “esto le pasó a un amigo de un amigo”: historias random creadas con el mero propósito de hacerte reir. Cuando te olvidas de buscar likes, de generar interacciones en una red social, y simplemente dejas volar tu imaginación para crear historias tontas pero graciosas.

Lo más loco fue una persona que afirmaba que este Sansón era un experimento de los judíos para dominar el mundo. Esa misma teoría tenía su propio hilo en Reddit.

Pasé como dos horas leyendo ese hilo. No saqué ningún provecho, no aprendí nada, pero ese día me divertí como en 2002, cuando leía creepypastas en 4chan.

Gracias internet. Nunca mueras.

Día de Venganza

Publicada el enero 26, 2026enero 26, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Abrió los ojos, desorientado. A su alrededor apenas distinguía unos barriles oxidados y una mesa de trabajo. Se encontraba en una especie de garaje. No recordaba cómo había llegado allí. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza. Tenía la visión borrosa y un frío que le calaba los huesos. Desde afuera llegaban ruidos: golpes contra metal, el chirrido intermitente de una sierra. Tal vez estaba en un muelle o en una zona de talleres.

Cuando por fin su vista se adaptó a la penumbra, pudo inspeccionar el lugar con mayor claridad. Definitivamente era un taller. Y entonces, de golpe lo recordó: alguien lo había secuestrado.

Comenzó a sudar, a pesar del aire helado. Estaba esposado a un pilar y tenía los pies atados. Una cinta gruesa le cubría la boca, impidiéndole gritar. Intentó zafar las piernas, inútilmente. El pánico empezó a subirle por la garganta.

De pronto la cortina metálica del taller se elevó con un estruendo. La luz exterior lo deslumbró. Casi de inmediato volvió a cerrarse, pero no sin antes permitir la entrada de un hombre.

Quiso gritarle, pero de su boca solo salieron gemidos apagados.

El hombre se acercó. Rondaba los cuarenta años, estaba sucio, vestía un overol manchado y botas pesadas. Tenía el rostro endurecido por una furia contenida.

—Por fin vas a pagar por lo que hiciste —le susurró al oído, antes de propinarle una patada. El dolor lo hizo retroceder.

—Cuando dijeron que te dejaban libre por falta de pruebas, destruí todo mi apartamento. No podía creer que la justicia me hubiera fallado —continuó el hombre, mientras lo seguía pateando—. Pero ya no necesito la ley. Hoy vas a pagar. Hoy será el peor día de tu vida. Así como tú le diste el peor día de su vida a mi hija. Cada palabra iba acompañada de un golpe.

Sintió náuseas. Quiso vomitar, pero la cinta en su boca se lo impedía.

El hombre se apartó y se acercó a la mesa. Tomó una sierra eléctrica. La encendió. El zumbido llenó el taller como un rugido mecánico.

—Hoy se hace justicia —dijo, sin apartar la vista de él.

¿Hasta dónde llegaríamos si el sistema nos fallara?

¿Realmente estamos a un mal día de distancia de convertirnos en nuestras peores versiones?

¿Qué harían si pudieran tomar venganza sin recibir castigo?

¿La violencia se aprende o forma parte de nuestra naturaleza?

Harto del trabajo

El señor Raúl

Publicada el enero 25, 2026enero 25, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Hay personas en la vida con las que te cruzas una sola vez y te cambian para siempre. Ese fue mi caso con el señor Raúl.

Yo llevaba unos tres años que había terminado la universidad y trabajaba en un empleo godín, de esos clásicos de oficina. El cliché viviente del mexicano explotado: nunca me dejaban salir a mi hora, las horas extra las pagaban con pizza, todo lo querían “para ayer” y terminaba tan cansado que mis domingos eran solo para dormir. Estaba harto, pero ¿qué podía hacer? Tenía que trabajar. Tenía que generar dinero.

¿Dinero para qué? Ni siquiera tenía tiempo para usarlo.

La realidad de mucha gente es vivir en el trabajo. Trabajar toda la vida explotado. Y todavía escuchar a tus jefes decir: —Pero tienes mucho tiempo, después del trabajo puedes hacer lo que quieras.

¿Y el trabajador que pierde tres horas diarias en transporte público? Cuando llega a su casa, sus hijos ya están dormidos. La vida se vuelve gris, pero nos decimos que es por un futuro mejor. La verdad es que el sistema no está hecho para la clase trabajadora.

Una noche, después del trabajo, pasé a comprar algo de cenar y me senté en una banca del parque. Ahí fue cuando vi al señor Raúl. Un cincuentón desarreglado, de barba larga y lentes, jugando con las palomas. Primero pensé que era el clásico loquito del centro. Pero luego se sentó en otra banca, sacó un libro y se puso a leer.

Yo seguía cenando y lo observaba. Leía un rato, luego caminaba y hablaba con la gente de los puestos ambulantes, se reía, recogía la basura que encontraba en el suelo y la tiraba. Se veía vivo.

Después de un tiempo se fue del parque y nunca más lo volví a ver.

La curiosidad no me dejaba en paz, así que me acerqué a una señora que atendía un puesto de hot dogs y le pregunté por él. Me contó que se llamaba Raúl, que de vez en cuando venía al parque y pasaba horas ahí. Le pregunté si era vagabundo y me dijo que no.

Desde joven se había dedicado a todo tipo de oficios. También escribía, daba clases de idiomas y, de vez en cuando, paseaba perros y hacía otros trabajos. Me dijo que una vez le preguntó si no le daba miedo no tener suficiente dinero, porque no tenía algo estable.

—Me respondió que si te preocupas todo el tiempo por el dinero, terminas siendo esclavo de él. Que tienes que ganarte la vida, pero que tampoco te la tomes tan en serio. Que solo se vive una vez y que prefiere vivir simple y feliz a vivir encerrado en un cubículo.

Me quedé callado.

Volví a sentarme en la banca y me puse a pensar. Esa era otra forma de ver la vida. Distinta a la que me habían enseñado, a la que todos nos habían enseñado. Tenía defectos, claro. Pero la forma en que yo vivía también. Pero ahí estuvo la clave: había otras formas.

No sabía si la vida del señor Raúl era la mejor. Pero sí sabía que yo ya no podía seguir así, encerrado en un cubículo. Estando todo el tiempo cansado, frustrado y triste.

Ese día mi manera de pensar cambió. Todo por un señor que sonreía mientras le daba de comer a unas palomas en un parque.

Cruzando la frontera

Náuseas

Publicada el enero 24, 2026enero 24, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Su sueño era una vida mejor para él y para los suyos. Por eso estaba ahí, apretujado en la oscuridad de una camioneta, dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Le habían dicho que cruzar la frontera sería lo más duro que haría en su vida, pero no lo entendió hasta ahora.

El olor lo golpeaba como un puñetazo: sudor, vómito, sangre, miedo. Los llevaban como gallinas enjauladas, uno encima del otro. Todo su dinero se había ido en pagarle al coyote. Todo. Y aún así, ahí estaba, temblando.

Dentro de la camioneta no se veía nada. Las náuseas le subían desde el estómago, mezcla del hedor y nervios. Nunca se había sentido tan miserable.

De pronto, un frenazo seco. Salió volando y cayó al suelo de la camioneta, aplastando a alguien que gritó de dolor. Luego, ruido afuera. Voces y luego disparos.

Las náuseas le nublaron la mente. La puerta se abrió de golpe y la luz los cegó. Parpadeó, aturdido. Cuando pudo enfocar, vio dos cuerpos inmóviles, torcidos, sangrando en el piso. Algo se le rompió por dentro. Vomitó.

Los bajaron de la camioneta a punta de pistola. Era la migra. Las náuseas seguían ahí, cada vez más insoportables. Mientras otros oficiales sacaban a los demás y arrastraban los cuerpos, él echó a correr sin rumbo, con su familia en la mente.

Un disparo.

Ya no hubo más náuseas. Ya no hubo más nada.

Historia de ciencia ficción

El repartidor

Publicada el enero 22, 2026enero 22, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Esa noche había sido interminable. Pedido tras pedido tras pedido. Ser repartidor no es el sueño de nadie; es un trabajo que terminas haciendo por necesidad. Es peligroso, agotador y mal pagado, pero alguien tiene que hacerlo. Ya había probado suerte en las aplicaciones de comida, y nunca lo habían tratado tan mal: personas que no dejaban propina, pedidos cancelados cuando ya iba en camino, gritos de clientes furiosos por cosas que no dependían de él, comisiones abusivas y hasta fraudes con cupones. Se había hartado de todo eso y eligió la opción clásica: entrar a una pizzería. Llevaba poco más de tres meses ahí y, aunque la paga seguía siendo una mierda, al menos era algo más rutinario, sin tantos sobresaltos… salvo uno que otro cliente “curioso”.

Fue su última entrega de la noche. Regresó a registrar su salida y aprovechó para fumarse un cigarro en la parte trasera del local. Miró su reloj: pasaban quince minutos de la media noche. Esa era su parte favorita del turno: fumar a solas, sin presión, solo por el placer de hacerlo. A medio cigarro lo oyó: un golpe seco a la vuelta de la pizzería. Tiró la colilla al suelo, la apagó con el zapato y salió corriendo.

Al llegar a la esquina vio la escena: una mujer yacía en el pavimento, y un charco de sangre se expandía bajo su cabeza. El vestido verde de la mujer combinaba extrañamente con el rojo de la sangre, como una especie de broma del destino. Unos metros más allá, una marca de llanta quemada cruzaba el asfalto: una moto. No había nadie más. Al fin, sacó el celular y llamó a emergencias.

Mientras esperaba, miró de nuevo hacia la esquina… y ahí la vio. Una moto escondiéndose entre las sombras. Cuando el conductor notó que lo habían descubierto, arrancó, pero dejó caer una gorra. Él corrió tras la moto, inútilmente. Al llegar al lugar donde había caído, la recogió: era una gorra de la pizzería donde trabajaba.

Volvió al local y le preguntó a la encargada quién más estaba de turno. Ella le dijo que solo él; el otro repartidor se había reportado enfermo, por eso le había tocado pedido tras pedido. No se oían sirenas. Regresó al lugar del accidente, pero la mujer ya no estaba. Revisó su celular: la llamada a emergencias seguía ahí. No lo había imaginado.

¿Entonces qué había pasado con el cuerpo?

Fue a la esquina donde había visto la moto. Un rastro de sangre llevaba hasta un edificio abandonado, que parecía haber sido un taller o algo así. Tragó saliva y lo siguió. Quizá la mujer seguía viva y buscaba ayuda.

El rastro descendía al sótano. Allí había artilugios mecánicos, tuberías, engranajes y estructuras incomprensibles para él, como los restos de una máquina. En el centro había un monitor antiguo, encendido. Un teclado colgaba de él. Pulsó Enter. Nada. Apretó más teclas. Nada. Cuando estaba a punto de rendirse, la pantalla se llenó de líneas de código.

Entonces la presión del aire cambió. Sus oídos se taparon. La visión se le oscureció.

Y luego volvió la luz.

Estaba frente a una casa, con una caja de pizza en la mano. Una jovencita salió, pagó con un billete de doscientos y tomó la caja. Él no pudo decir nada. La alarma de su reloj sonó: medianoche en punto. No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué era más temprano que antes? Y de repente…

El cadáver de la mujer cruzó su mente como un relámpago.

¿Podría evitar el accidente?

Arrancó la moto y aceleró. Ignoró semáforos. Tomó curvas como si fuera invencible. Tenía que llegar. Tenía que salvarla.

Al doblar después de la pizzería, un autobús lo deslumbró. Cerró los ojos un segundo. Luego: freno, impacto, oscuridad.

Cuando volvió en sí, la vio: la mujer muerta en el pavimento.

¿Yo la maté? —pensó.

Huyó. Dejó el casco tirado. Avanzó apenas unos metros con la motocicleta y se detuvo, dio la vuelta y vomitó del vértigo. Miró el accidente… y se vio a sí mismo. Entonces entendió todo. Él siempre había sido el repartidor que la chocó. Lloró. Aceleró. Su gorra cayó al suelo mientras escapaba. A unas cuadras lo recordó: la máquina. Podía volver a usarla. Podía corregirlo todo.

Regresó. El cadáver seguía ahí. Lo cargó, temblando, y lo llevó al sótano. Tecleó de nuevo en la máquina. Oscuridad.

Despertó frente a la pizzería. Miró su reloj, 11:45 de la noche. Fue al lugar del accidente. Tenía tiempo para idear un plan, pero nada se le ocurría. Hasta que pensó que podría interceptar a la mujer, contarle lo que pasaría y advertirle. Buscó a la mujer entre las personas que pasaba, pero no la veía. Realmente no le había visto bien la cara, ¿cómo la iba a reconocer? Entró en pánico. 

Su vestido —pensó—. El vestido verde. 

La vio. Corrió hacia ella y le contó todo. Como era de esperarse, ella gritó. ¿Quién podría creer una historia así? Ella lo empujó y salió corriendo. Tropezó y cayó a la calle. Un autobús que iba pasando tuvo que esquivarlo. Sus farolas deslumbraron a un motociclista: a él mismo. Y luego, esos sonidos familiares.

—Yo lo provoqué… —murmuró—. No importa qué haga. Siempre soy yo.

Corrió directo al edificio. Bajó al sótano y volvió a usar la computadora. Oscuridad y luego luz. Vio su reloj, eran las 11:30 p.m. Decidido tomó su motocicleta, se puso en posición y esperó.

Se vio buscándola. Hablando con ella. Viéndola huir.

Entonces aceleró. Su objetivo era el mismo.

Y luego un gran sonido. Las dos motos chocaron de frente.

Relato de ciencia ficción

La primera nevada

Publicada el enero 20, 2026enero 20, 2026 por Alfredo H. Álvarez

La desgracia, que les duró toda la vida, se tomó un día libre casi al principio de su viaje, con la llegada del invierno, hacía ya más de veinte años. 

Cuando tenía cinco años, había visto por televisión una película americana ambientada en Navidad y no podía comprender por qué allá nevaba y en su ciudad no. Apenas medio año después ocurrió el apagón mundial. Nunca tuvo tiempo de disfrutar de aquella curiosidad infantil. El mundo se había vuelto demasiado grande y demasiado cruel, demasiado rápido.

Ya habían pasado cinco años desde el apagón y tres desde que comenzaron las migraciones. El mundo, simplemente, se había apagado. Algunos decían que había sido la inteligencia artificial. Otros culpaban a los rusos. Incluso hubo quienes aseguraban que todo era obra de los chinos. La verdad era mucho más retorcida que cualquiera de esas teorías: la gente más poderosa del planeta había decidido jugar a ser Dios y hacer un experimento global.

Su hermano había estado con él todo este tiempo. Le llevaba dos años. Eran apenas unos adolescentes, pero ya habían visto más horrores de los que cualquier adulto debería ver en toda una vida.

No podían quedarse más de un mes en el mismo lugar. Entre los carroñeros que buscaban problemas todo el tiempo y los fanáticos religiosos que buscaban sacrificios, permanecer demasiado tiempo bajo un mismo techo era una invitación a la muerte.

Habían caminado tanto que ya se habían desviado de cualquier ciudad grande. Tomaron una carretera antigua y llegaron a lo que apenas podía llamarse un pueblo. Parecía que el apocalipsis se había olvidado de llegar hasta allí. La gente, aunque apenas era una docena, vivía como si el mundo no se hubiera roto.

Los hermanos no eran tontos. Se movían por las sombras, nunca se dejaron ver. Aún así, no podían dejar de asombrarse al ver que nadie se peleaba, que nadie gritaba.

El frío era cada vez más intenso y su hermano mayor lo resentía más; casi toda la ropa la llevaba puesta el menor.

Por fin encontraron una casa deshabitada y entraron. El interior estaba medianamente limpio: muebles viejos, una mesa con sillas torcidas y lo que alguna vez fue una cocina integral. Buscaron entre cajones y alacenas, pero no hallaron nada para comer. La pequeña sala tenía un sillón enorme y un estante de madera carcomida. Rebuscaron por toda la casa en busca de algo útil: unas tijeras, una mochila pequeña, unas calcetas y un gorro fue lo que encontraron.

Entonces los ojos del hermano menor se iluminaron. Debajo del estante encontró una pequeña esfera de cristal con un muñeco de nieve dentro. La agitó. La nieve falsa comenzó a caer lentamente, como si aquel pequeño mundo no supiera que el verdadero se había acabado.

Mientras su hermano revisaba los cuartos, él siguió jugando con su nuevo tesoro. Recordó aquella película que había visto de niño y se preguntó, por primera vez en años, si aún existirían las películas.

De pronto, afuera se escuchó ruido. Su hermano llegó corriendo y lo abrazó con fuerza. 

—No hagas ruido —susurró. 

Se asomó por la venta. 

—¡Nieve! ¡Está nevando! —gritó el mayor, olvidando por un segundo todo el miedo aprendido.

El menor corrió y miró. Era verdad. La gente salía de sus casas. Los niños reían y corrían entre los copos. Los hermanos se miraron. No dijeron nada. Sonrieron. Abrieron la puerta y salieron.

Ese fue su último día feliz. Y lo recordarían hasta el fin de sus días.

Historia de Terror Metro CDMX

El viaje de regreso

Publicada el enero 20, 2026enero 20, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Ese día había olvidado su cargador en casa y, para la hora de salida, su batería ya se había agotado. De su trabajo a su casa hacía casi una hora de viaje. Tenía que caminar unas cuadras hasta el metro, transbordar dos estaciones y todavía caminar veinte minutos más para poder llegar.

Y, por si fuera poco, nunca podía salir realmente a su hora. Siempre la ponían a terminar inventarios, a poner precios a los productos, a revisar la caducidad de las cosas, o simplemente su jefe se quedaba platicando con ella cinco minutos antes de su salida, con la intención de que le aceptara una ida a un bar que estaba a la vuelta.

La cosa es que terminaba tomando el metro casi a las diez de la noche.

Estaba en su último transbordo. Faltaban quince minutos para llegar a su estación. El vagón ya estaba casi vacío. Había una pareja quedándose dormida, una madre con su hijo y un señor mayor con un bastón en la mano. Normalmente se la pasaba escuchando música, pero esa noche se quedó sola con sus pensamientos.

Comenzó a observar el vagón. La pareja que estaba a punto de dormirse traía el uniforme de una famosa pizzería. La madre se veía realmente cansada, a diferencia de su hijo, que no paraba de dar vueltas y gritar.

Pero cuando volteó a ver al hombre mayor, se le erizó la piel.

El hombre la estaba mirando fijamente. Parecía que no respiraba, pero había algo en su mirada que la ponía muy incómoda.

Por un momento, el vagón pasó por un túnel y las luces se apagaron. Habrían sido tres segundos a lo mucho antes de que regresara la iluminación, pero para ella eso duró horas.

Cuando por fin el vagón volvió a iluminarse, el hombre mayor estaba de pie. Seguía mirándola directamente.

Faltaban dos paradas más para llegar a su estación.

Lo más extraño era que parecía que nadie más notaba al hombre. Todos estaban en su propio mundo.

El vagón se detuvo y entraron dos personas más, platicando y riendo. Se sentaron justo enfrente del hombre mayor. Él seguía mirándola y parecía apretar cada vez más el bastón.

Solo una estación más.

Ella nunca se había sentido tan incómoda como esa noche. El corazón se le aceleró, comenzó a sudar, la pierna no dejaba de temblar.

Finalmente el vagón volvió a detenerse y, de forma casi instintiva, se levantó. Sin mirar atrás, salió del vagón. Su paso era apresurado. Subió las escaleras eléctricas corriendo y salió de la estación. Poco a poco se fue tranquilizando.

Sería imposible que el hombre pudiera seguirle el paso; tenía un bastón —pensó.

Pero, a solo unas cuadras de la estación, lo vio.

Estaba parado en la esquina, mirándola.

¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Por qué la estaba siguiendo?

Comenzó a correr y no se detuvo hasta llegar a la calle de su edificio. Sacó las llaves con manos temblorosas y abrió el portón.

Algo dentro de ella la hizo voltear.

Ahí estaba de nuevo. En la esquina de enfrente, el hombre mayor con su bastón, mirándola. Esta vez tenía una sonrisa simple. Demasiado simple.

Entró al edificio y cerró con llave. Subió al tercer piso, entró a su departamento y aseguró todos los cerrojos. Puso a cargar su teléfono y se encerró en su cuarto.

Pasó la noche en vela, con el celular en la mano y, de tanto en tanto, asomándose por la ventana. En busca del hombre mayor.

Nunca más volvió a verlo. Nunca más volvió a olvidar su cargador.

Pero esa sensación de incomodidad, cada vez que se subía al metro, nunca desapareció.

Síndrome de Stendhal

Síndrome de Stendhal

Publicada el enero 19, 2026enero 19, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Había esperado tanto este viaje que no podía creer que finalmente lo había logrado. Puso su alarma a las siete de la mañana porque quería aprovechar todo el tiempo que pudiera en París. Pasó toda la noche planeando los lugares que iba a visitar; había tantas opciones que se durmió un poco abrumada, pero pensó que por la mañana la emoción sería mayor que esa pequeña ansiedad que sentía.

El hotel tenía desayuno incluido, pero no iba a desperdiciar la oportunidad de desayunar afuera, en la ciudad, rodeada del mundo parisino. Salió del hotel y caminó hacia el centro. Para su sorpresa, las calles estaban llenas. Por un lado podía identificar a los locales, y los turistas eran demasiado fáciles de notar. Las calles estaban abarrotadas de americanos, con sus cámaras y celulares, fotografiando cada cosa que venía. Nadie parecía estar disfrutando el momento, sino apresurándose a conocer todo. No le dio mucha importancia y siguió su camino.

La noche anterior había visto varios videos de un restaurante en el centro hermoso, y quería desayunar allí, pero cuando llegó el lugar estaba lleno. Volteó para todos lados para buscar otros sitios y todos estaban repletos. Terminó comprando un café y un sándwich en un Starbucks que tenía una fila enorme. Su ansiedad empezaba a crecer dentro de ella. Se sentó en una fuente y desayunó, sola.

A su alrededor había museos, galerías, panaderías gourmet e interminables locales de arte y cultura. Su corazón comenzó a latir más rápido. Tanto arte la abrumaba. La ansiedad seguía aumentando. Terminó su desayuno y siguió su camino.

Entró en una galería de arte. Todo estaba en francés y algunas cosas en inglés, pero ella solo hablaba español. Se acercó a una pareja intentando pedir información, pero al poco tiempo, dándose cuenta de que era imposible comunicarse, la ansiedad le recorrió todo el cuerpo. Se fue directo al baño y se encerró. Comenzó a hiperventilar.

No era para nada lo que había soñado. Tanto tiempo pensó en el viaje que olvidó pensar en las cosas más básicas, y obviamente la ciudad iba a estar llena de turistas. Intentó calmarse, sacó su celular y abrió la aplicación de traductor. Salió del baño y recorrió la galería. Con la aplicación traducía los carteles de las obras. Pero la ansiedad no bajaba, y no paraba de chocar con gente.

Finalmente salió de la galería, sudada y con la respiración agitada. Se sentó en las escaleras y comenzó a llorar. Nadie parecía verla. La ansiedad se sentía como una presión en su cuerpo, como si fuera a reventar.

De pronto levantó la mirada y la vio: la Torre Eiffel. En un segundo la ansiedad desapareció. El asombro era tan grande que, por un instante, su mente se quedó en blanco. Una sonrisa se dibujó en su rostro y, por un momento, su viaje cobró sentido.

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Este es mi diario, un recordatorio que tengo que escribir todos los días. Todos los relatos aquí son de ficción.

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