Flor de León

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Categoría: Ciencia Ficción

Los aliens no tienen sentido del humor

Los aliens no tienen sentido del humor

Publicada el enero 28, 2026enero 28, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Qué pena que los alienígenas no tengan nuestro sentido del humor. Imagínate ir en tu nave espacial, sobrevolando la Ciudad de México, y de pronto encontrarte con una caravana de botargas del Dr. Simi perreando por toda la calle. Los aliens no se van a reír de eso.

Es triste pensar que visitan un planeta lleno de momentos chistosos, coincidencias perfectas para una carcajada, y ellos —privilegiados con una nave espacial de último modelo— pasan de largo pensando en la extracción de órganos y la dominación global.

Con esa tecnología podrían abducir a los mejores standuperos del mundo, pero no: prefieran las vacas. ¿Por qué les interesan tanto las vacas? ¿Acaso la leche es la moneda de cambio en la galaxia y nadie nos dijo? ¿Será la Tierra una mina de “vacas”?

Quizá los símbolos en los campos de maíz son, en realidad, chistes que nos dejan los aliens, pero nosotros no tenemos su sentido del humor. Tal vez se esfuerzan muchísimo en pensar un buen chiste para nosotros y simplemente lo ignoramos. Uno creyendo que nos dejan el secreto del universo, cuando ellos simplemente están dejando un chiste de porque el marciano cruzó la galaxia.

Qué pena que los humanos no tengamos su sentido del humor.

Historia de ciencia ficción

El repartidor

Publicada el enero 22, 2026enero 22, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Esa noche había sido interminable. Pedido tras pedido tras pedido. Ser repartidor no es el sueño de nadie; es un trabajo que terminas haciendo por necesidad. Es peligroso, agotador y mal pagado, pero alguien tiene que hacerlo. Ya había probado suerte en las aplicaciones de comida, y nunca lo habían tratado tan mal: personas que no dejaban propina, pedidos cancelados cuando ya iba en camino, gritos de clientes furiosos por cosas que no dependían de él, comisiones abusivas y hasta fraudes con cupones. Se había hartado de todo eso y eligió la opción clásica: entrar a una pizzería. Llevaba poco más de tres meses ahí y, aunque la paga seguía siendo una mierda, al menos era algo más rutinario, sin tantos sobresaltos… salvo uno que otro cliente “curioso”.

Fue su última entrega de la noche. Regresó a registrar su salida y aprovechó para fumarse un cigarro en la parte trasera del local. Miró su reloj: pasaban quince minutos de la media noche. Esa era su parte favorita del turno: fumar a solas, sin presión, solo por el placer de hacerlo. A medio cigarro lo oyó: un golpe seco a la vuelta de la pizzería. Tiró la colilla al suelo, la apagó con el zapato y salió corriendo.

Al llegar a la esquina vio la escena: una mujer yacía en el pavimento, y un charco de sangre se expandía bajo su cabeza. El vestido verde de la mujer combinaba extrañamente con el rojo de la sangre, como una especie de broma del destino. Unos metros más allá, una marca de llanta quemada cruzaba el asfalto: una moto. No había nadie más. Al fin, sacó el celular y llamó a emergencias.

Mientras esperaba, miró de nuevo hacia la esquina… y ahí la vio. Una moto escondiéndose entre las sombras. Cuando el conductor notó que lo habían descubierto, arrancó, pero dejó caer una gorra. Él corrió tras la moto, inútilmente. Al llegar al lugar donde había caído, la recogió: era una gorra de la pizzería donde trabajaba.

Volvió al local y le preguntó a la encargada quién más estaba de turno. Ella le dijo que solo él; el otro repartidor se había reportado enfermo, por eso le había tocado pedido tras pedido. No se oían sirenas. Regresó al lugar del accidente, pero la mujer ya no estaba. Revisó su celular: la llamada a emergencias seguía ahí. No lo había imaginado.

¿Entonces qué había pasado con el cuerpo?

Fue a la esquina donde había visto la moto. Un rastro de sangre llevaba hasta un edificio abandonado, que parecía haber sido un taller o algo así. Tragó saliva y lo siguió. Quizá la mujer seguía viva y buscaba ayuda.

El rastro descendía al sótano. Allí había artilugios mecánicos, tuberías, engranajes y estructuras incomprensibles para él, como los restos de una máquina. En el centro había un monitor antiguo, encendido. Un teclado colgaba de él. Pulsó Enter. Nada. Apretó más teclas. Nada. Cuando estaba a punto de rendirse, la pantalla se llenó de líneas de código.

Entonces la presión del aire cambió. Sus oídos se taparon. La visión se le oscureció.

Y luego volvió la luz.

Estaba frente a una casa, con una caja de pizza en la mano. Una jovencita salió, pagó con un billete de doscientos y tomó la caja. Él no pudo decir nada. La alarma de su reloj sonó: medianoche en punto. No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué era más temprano que antes? Y de repente…

El cadáver de la mujer cruzó su mente como un relámpago.

¿Podría evitar el accidente?

Arrancó la moto y aceleró. Ignoró semáforos. Tomó curvas como si fuera invencible. Tenía que llegar. Tenía que salvarla.

Al doblar después de la pizzería, un autobús lo deslumbró. Cerró los ojos un segundo. Luego: freno, impacto, oscuridad.

Cuando volvió en sí, la vio: la mujer muerta en el pavimento.

¿Yo la maté? —pensó.

Huyó. Dejó el casco tirado. Avanzó apenas unos metros con la motocicleta y se detuvo, dio la vuelta y vomitó del vértigo. Miró el accidente… y se vio a sí mismo. Entonces entendió todo. Él siempre había sido el repartidor que la chocó. Lloró. Aceleró. Su gorra cayó al suelo mientras escapaba. A unas cuadras lo recordó: la máquina. Podía volver a usarla. Podía corregirlo todo.

Regresó. El cadáver seguía ahí. Lo cargó, temblando, y lo llevó al sótano. Tecleó de nuevo en la máquina. Oscuridad.

Despertó frente a la pizzería. Miró su reloj, 11:45 de la noche. Fue al lugar del accidente. Tenía tiempo para idear un plan, pero nada se le ocurría. Hasta que pensó que podría interceptar a la mujer, contarle lo que pasaría y advertirle. Buscó a la mujer entre las personas que pasaba, pero no la veía. Realmente no le había visto bien la cara, ¿cómo la iba a reconocer? Entró en pánico. 

Su vestido —pensó—. El vestido verde. 

La vio. Corrió hacia ella y le contó todo. Como era de esperarse, ella gritó. ¿Quién podría creer una historia así? Ella lo empujó y salió corriendo. Tropezó y cayó a la calle. Un autobús que iba pasando tuvo que esquivarlo. Sus farolas deslumbraron a un motociclista: a él mismo. Y luego, esos sonidos familiares.

—Yo lo provoqué… —murmuró—. No importa qué haga. Siempre soy yo.

Corrió directo al edificio. Bajó al sótano y volvió a usar la computadora. Oscuridad y luego luz. Vio su reloj, eran las 11:30 p.m. Decidido tomó su motocicleta, se puso en posición y esperó.

Se vio buscándola. Hablando con ella. Viéndola huir.

Entonces aceleró. Su objetivo era el mismo.

Y luego un gran sonido. Las dos motos chocaron de frente.

Relato de ciencia ficción

La primera nevada

Publicada el enero 20, 2026enero 20, 2026 por Alfredo H. Álvarez

La desgracia, que les duró toda la vida, se tomó un día libre casi al principio de su viaje, con la llegada del invierno, hacía ya más de veinte años. 

Cuando tenía cinco años, había visto por televisión una película americana ambientada en Navidad y no podía comprender por qué allá nevaba y en su ciudad no. Apenas medio año después ocurrió el apagón mundial. Nunca tuvo tiempo de disfrutar de aquella curiosidad infantil. El mundo se había vuelto demasiado grande y demasiado cruel, demasiado rápido.

Ya habían pasado cinco años desde el apagón y tres desde que comenzaron las migraciones. El mundo, simplemente, se había apagado. Algunos decían que había sido la inteligencia artificial. Otros culpaban a los rusos. Incluso hubo quienes aseguraban que todo era obra de los chinos. La verdad era mucho más retorcida que cualquiera de esas teorías: la gente más poderosa del planeta había decidido jugar a ser Dios y hacer un experimento global.

Su hermano había estado con él todo este tiempo. Le llevaba dos años. Eran apenas unos adolescentes, pero ya habían visto más horrores de los que cualquier adulto debería ver en toda una vida.

No podían quedarse más de un mes en el mismo lugar. Entre los carroñeros que buscaban problemas todo el tiempo y los fanáticos religiosos que buscaban sacrificios, permanecer demasiado tiempo bajo un mismo techo era una invitación a la muerte.

Habían caminado tanto que ya se habían desviado de cualquier ciudad grande. Tomaron una carretera antigua y llegaron a lo que apenas podía llamarse un pueblo. Parecía que el apocalipsis se había olvidado de llegar hasta allí. La gente, aunque apenas era una docena, vivía como si el mundo no se hubiera roto.

Los hermanos no eran tontos. Se movían por las sombras, nunca se dejaron ver. Aún así, no podían dejar de asombrarse al ver que nadie se peleaba, que nadie gritaba.

El frío era cada vez más intenso y su hermano mayor lo resentía más; casi toda la ropa la llevaba puesta el menor.

Por fin encontraron una casa deshabitada y entraron. El interior estaba medianamente limpio: muebles viejos, una mesa con sillas torcidas y lo que alguna vez fue una cocina integral. Buscaron entre cajones y alacenas, pero no hallaron nada para comer. La pequeña sala tenía un sillón enorme y un estante de madera carcomida. Rebuscaron por toda la casa en busca de algo útil: unas tijeras, una mochila pequeña, unas calcetas y un gorro fue lo que encontraron.

Entonces los ojos del hermano menor se iluminaron. Debajo del estante encontró una pequeña esfera de cristal con un muñeco de nieve dentro. La agitó. La nieve falsa comenzó a caer lentamente, como si aquel pequeño mundo no supiera que el verdadero se había acabado.

Mientras su hermano revisaba los cuartos, él siguió jugando con su nuevo tesoro. Recordó aquella película que había visto de niño y se preguntó, por primera vez en años, si aún existirían las películas.

De pronto, afuera se escuchó ruido. Su hermano llegó corriendo y lo abrazó con fuerza. 

—No hagas ruido —susurró. 

Se asomó por la venta. 

—¡Nieve! ¡Está nevando! —gritó el mayor, olvidando por un segundo todo el miedo aprendido.

El menor corrió y miró. Era verdad. La gente salía de sus casas. Los niños reían y corrían entre los copos. Los hermanos se miraron. No dijeron nada. Sonrieron. Abrieron la puerta y salieron.

Ese fue su último día feliz. Y lo recordarían hasta el fin de sus días.

La Maqueta cuento de ciencia ficción

La maqueta

Publicada el enero 18, 2026enero 18, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Abrió los ojos y lo primero que vio fue un edificio en llamas. Sus tímpanos estaban reventados; como pudo, se puso de pie. Una bicicleta pasó frente a ella, envuelta en fuego. No recordaba nada. No sabía dónde estaba. No sabía quién era.

Metió la mano en el bolsillo y sacó su celular: no tenía batería. Se acercó a un coche y vio su reflejo en el espejo. No lograba reconocerse. Era una mujer de unos treinta y tantos; tenía la cara manchada y la ropa mojada. Comenzó a observarse con más detalle, pero el sonido de una explosión la sacó del trance.

Todo a su alrededor estaba en llamas. Empezó a caminar en línea recta. La calle no tenía sentido: había edificios, pero también casas pequeñas, mercados, gasolineras, tiendas de playa, hasta iglús. Nada encajaba. Siguió caminando y, de pronto, sintió algo extraño; se volteó solo para ver que la calle desaparecía detrás de ella. Se dio cuenta de que el espacio se construía mientras avanzaba

Caminó en reversa y vio cómo los edificios frente a ella desaparecían. Cerró los ojos. Su respiración comenzó a agitarse. ¿Qué hago aquí?, se preguntó.

Decidió entrar a una de las casas. Abrió la puerta y se asomó: total oscuridad. Cerró y fue a otra casa. Lo mismo. Vio una pequeña tienda con ventanales. Desde aquí sí se ve el interior, pensó. Se acercó, abrió la puerta y entró. Aunque por fuera la tienda era visible, por dentro no había nada. No solo estaba todo a oscuras; tampoco había ningún ruido.

Entonces pensó que no había dicho una sola palabra desde que despertó.

—Hola —dijo.

El sonido llenó la habitación y, como si la palabra fuera pintura, el cuarto se iluminó.

—¿Hay alguien aquí? —gritó.

La habitación volvió a iluminarse, ahora con más intensidad, como una especie de eco visual. Aplaudió y una pequeña luz se encendió. El cuarto quedó bañado por una luz tenue.

En el centro había una maqueta. Se acercó y vio que representaba los mismos edificios y casas que había visto afuera. Volvió a aplaudir. Ahora la maqueta estaba en llamas. Se inclinó más, como si el fuego no pudiera quemarla. Allí, en la calle principal, la vio: estaba ella, en miniatura.

Las dos se miraron fijamente.

La figura diminuta aplaudió y todo se apagó.

Este es mi diario, un recordatorio que tengo que escribir todos los días. Todos los relatos aquí son de ficción.

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