Flor de León

Llenando la hoja en blanco

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Categoría: Terror

Día de Venganza

Publicada el enero 26, 2026enero 26, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Abrió los ojos, desorientado. A su alrededor apenas distinguía unos barriles oxidados y una mesa de trabajo. Se encontraba en una especie de garaje. No recordaba cómo había llegado allí. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza. Tenía la visión borrosa y un frío que le calaba los huesos. Desde afuera llegaban ruidos: golpes contra metal, el chirrido intermitente de una sierra. Tal vez estaba en un muelle o en una zona de talleres.

Cuando por fin su vista se adaptó a la penumbra, pudo inspeccionar el lugar con mayor claridad. Definitivamente era un taller. Y entonces, de golpe lo recordó: alguien lo había secuestrado.

Comenzó a sudar, a pesar del aire helado. Estaba esposado a un pilar y tenía los pies atados. Una cinta gruesa le cubría la boca, impidiéndole gritar. Intentó zafar las piernas, inútilmente. El pánico empezó a subirle por la garganta.

De pronto la cortina metálica del taller se elevó con un estruendo. La luz exterior lo deslumbró. Casi de inmediato volvió a cerrarse, pero no sin antes permitir la entrada de un hombre.

Quiso gritarle, pero de su boca solo salieron gemidos apagados.

El hombre se acercó. Rondaba los cuarenta años, estaba sucio, vestía un overol manchado y botas pesadas. Tenía el rostro endurecido por una furia contenida.

—Por fin vas a pagar por lo que hiciste —le susurró al oído, antes de propinarle una patada. El dolor lo hizo retroceder.

—Cuando dijeron que te dejaban libre por falta de pruebas, destruí todo mi apartamento. No podía creer que la justicia me hubiera fallado —continuó el hombre, mientras lo seguía pateando—. Pero ya no necesito la ley. Hoy vas a pagar. Hoy será el peor día de tu vida. Así como tú le diste el peor día de su vida a mi hija. Cada palabra iba acompañada de un golpe.

Sintió náuseas. Quiso vomitar, pero la cinta en su boca se lo impedía.

El hombre se apartó y se acercó a la mesa. Tomó una sierra eléctrica. La encendió. El zumbido llenó el taller como un rugido mecánico.

—Hoy se hace justicia —dijo, sin apartar la vista de él.

¿Hasta dónde llegaríamos si el sistema nos fallara?

¿Realmente estamos a un mal día de distancia de convertirnos en nuestras peores versiones?

¿Qué harían si pudieran tomar venganza sin recibir castigo?

¿La violencia se aprende o forma parte de nuestra naturaleza?

Cruzando la frontera

Náuseas

Publicada el enero 24, 2026enero 24, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Su sueño era una vida mejor para él y para los suyos. Por eso estaba ahí, apretujado en la oscuridad de una camioneta, dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Le habían dicho que cruzar la frontera sería lo más duro que haría en su vida, pero no lo entendió hasta ahora.

El olor lo golpeaba como un puñetazo: sudor, vómito, sangre, miedo. Los llevaban como gallinas enjauladas, uno encima del otro. Todo su dinero se había ido en pagarle al coyote. Todo. Y aún así, ahí estaba, temblando.

Dentro de la camioneta no se veía nada. Las náuseas le subían desde el estómago, mezcla del hedor y nervios. Nunca se había sentido tan miserable.

De pronto, un frenazo seco. Salió volando y cayó al suelo de la camioneta, aplastando a alguien que gritó de dolor. Luego, ruido afuera. Voces y luego disparos.

Las náuseas le nublaron la mente. La puerta se abrió de golpe y la luz los cegó. Parpadeó, aturdido. Cuando pudo enfocar, vio dos cuerpos inmóviles, torcidos, sangrando en el piso. Algo se le rompió por dentro. Vomitó.

Los bajaron de la camioneta a punta de pistola. Era la migra. Las náuseas seguían ahí, cada vez más insoportables. Mientras otros oficiales sacaban a los demás y arrastraban los cuerpos, él echó a correr sin rumbo, con su familia en la mente.

Un disparo.

Ya no hubo más náuseas. Ya no hubo más nada.

Historia de Terror Metro CDMX

El viaje de regreso

Publicada el enero 20, 2026enero 20, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Ese día había olvidado su cargador en casa y, para la hora de salida, su batería ya se había agotado. De su trabajo a su casa hacía casi una hora de viaje. Tenía que caminar unas cuadras hasta el metro, transbordar dos estaciones y todavía caminar veinte minutos más para poder llegar.

Y, por si fuera poco, nunca podía salir realmente a su hora. Siempre la ponían a terminar inventarios, a poner precios a los productos, a revisar la caducidad de las cosas, o simplemente su jefe se quedaba platicando con ella cinco minutos antes de su salida, con la intención de que le aceptara una ida a un bar que estaba a la vuelta.

La cosa es que terminaba tomando el metro casi a las diez de la noche.

Estaba en su último transbordo. Faltaban quince minutos para llegar a su estación. El vagón ya estaba casi vacío. Había una pareja quedándose dormida, una madre con su hijo y un señor mayor con un bastón en la mano. Normalmente se la pasaba escuchando música, pero esa noche se quedó sola con sus pensamientos.

Comenzó a observar el vagón. La pareja que estaba a punto de dormirse traía el uniforme de una famosa pizzería. La madre se veía realmente cansada, a diferencia de su hijo, que no paraba de dar vueltas y gritar.

Pero cuando volteó a ver al hombre mayor, se le erizó la piel.

El hombre la estaba mirando fijamente. Parecía que no respiraba, pero había algo en su mirada que la ponía muy incómoda.

Por un momento, el vagón pasó por un túnel y las luces se apagaron. Habrían sido tres segundos a lo mucho antes de que regresara la iluminación, pero para ella eso duró horas.

Cuando por fin el vagón volvió a iluminarse, el hombre mayor estaba de pie. Seguía mirándola directamente.

Faltaban dos paradas más para llegar a su estación.

Lo más extraño era que parecía que nadie más notaba al hombre. Todos estaban en su propio mundo.

El vagón se detuvo y entraron dos personas más, platicando y riendo. Se sentaron justo enfrente del hombre mayor. Él seguía mirándola y parecía apretar cada vez más el bastón.

Solo una estación más.

Ella nunca se había sentido tan incómoda como esa noche. El corazón se le aceleró, comenzó a sudar, la pierna no dejaba de temblar.

Finalmente el vagón volvió a detenerse y, de forma casi instintiva, se levantó. Sin mirar atrás, salió del vagón. Su paso era apresurado. Subió las escaleras eléctricas corriendo y salió de la estación. Poco a poco se fue tranquilizando.

Sería imposible que el hombre pudiera seguirle el paso; tenía un bastón —pensó.

Pero, a solo unas cuadras de la estación, lo vio.

Estaba parado en la esquina, mirándola.

¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Por qué la estaba siguiendo?

Comenzó a correr y no se detuvo hasta llegar a la calle de su edificio. Sacó las llaves con manos temblorosas y abrió el portón.

Algo dentro de ella la hizo voltear.

Ahí estaba de nuevo. En la esquina de enfrente, el hombre mayor con su bastón, mirándola. Esta vez tenía una sonrisa simple. Demasiado simple.

Entró al edificio y cerró con llave. Subió al tercer piso, entró a su departamento y aseguró todos los cerrojos. Puso a cargar su teléfono y se encerró en su cuarto.

Pasó la noche en vela, con el celular en la mano y, de tanto en tanto, asomándose por la ventana. En busca del hombre mayor.

Nunca más volvió a verlo. Nunca más volvió a olvidar su cargador.

Pero esa sensación de incomodidad, cada vez que se subía al metro, nunca desapareció.

Paranoia Cuento de Terror

Paranoia

Publicada el enero 15, 2026enero 15, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Eran las dos de la mañana cuando se levantó. No fue súbitamente; fue algo muy natural. Un pequeño sonido proveniente del baño que poco a poco se fue filtrando en su sueño hasta que su propia mente lo reconoció como real. Abrió los ojos y su mirada se dirigió directamente al baño. La habitación estaba oscura, pero una luz tenue iluminaba el interior.

Su primer pensamiento fue: ¿dejé la luz prendida? Pero ese pensamiento no duró más que un instante. De pronto, una paranoia invadió su cuerpo; quizá se habían metido por la ventana del baño… quizá ese sonido que lo despertó fue un ladrón entrando a su casa. ¿Qué haría ahora?

Su celular se estaba cargando en la sala de abajo. No tenía teléfono fijo —¿quién los sigue usando en esta época?— y, aunque vivía en un fraccionamiento de esos que abundan en México, las casas de la colonia estaban desocupadas porque eran las vacaciones y ahí solo vivían estudiantes foráneos. Nadie lo escucharía gritar.

El sonido era ahora más reconocible y no había parado desde que se levantó. Era constante, ligero, con eco. Un pequeño ruido que llenaba por completo la habitación. Lo reconoció: era una gota de agua cayendo del grifo del lavabo.

¿Se habrá lavado las manos el ladrón?

¿Fui yo quien dejó abierta la llave y la luz?

Cada pregunta que se hacía solo alimentaba su paranoia. Pero tenía que hacer algo. Volteó hacia su mesita de noche y vio que había una taza. La tomó. Tenía un arma ahora.

Lentamente se levantó. Sigiloso, se dirigió al baño de su cuarto y, con un salto, entró apuntando la taza hacia la ventana. No había nadie. El sonido seguía constante, inundando la escena con un eco casi tenebroso.

La paranoia se fue disipando de su cuerpo. Sonrió, dejó la taza en el lavabo, cerró la llave y apagó la luz. Se metió en la cama, listo para volver a dormir.

De pronto, se escuchó cómo giraba la perilla de la puerta de la habitación. La puerta se abrió.

SILENCIO.

Este es mi diario, un recordatorio que tengo que escribir todos los días. Todos los relatos aquí son de ficción.

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