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Historia de ciencia ficción

El repartidor

Publicada el enero 22, 2026enero 22, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Esa noche había sido interminable. Pedido tras pedido tras pedido. Ser repartidor no es el sueño de nadie; es un trabajo que terminas haciendo por necesidad. Es peligroso, agotador y mal pagado, pero alguien tiene que hacerlo. Ya había probado suerte en las aplicaciones de comida, y nunca lo habían tratado tan mal: personas que no dejaban propina, pedidos cancelados cuando ya iba en camino, gritos de clientes furiosos por cosas que no dependían de él, comisiones abusivas y hasta fraudes con cupones. Se había hartado de todo eso y eligió la opción clásica: entrar a una pizzería. Llevaba poco más de tres meses ahí y, aunque la paga seguía siendo una mierda, al menos era algo más rutinario, sin tantos sobresaltos… salvo uno que otro cliente “curioso”.

Fue su última entrega de la noche. Regresó a registrar su salida y aprovechó para fumarse un cigarro en la parte trasera del local. Miró su reloj: pasaban quince minutos de la media noche. Esa era su parte favorita del turno: fumar a solas, sin presión, solo por el placer de hacerlo. A medio cigarro lo oyó: un golpe seco a la vuelta de la pizzería. Tiró la colilla al suelo, la apagó con el zapato y salió corriendo.

Al llegar a la esquina vio la escena: una mujer yacía en el pavimento, y un charco de sangre se expandía bajo su cabeza. El vestido verde de la mujer combinaba extrañamente con el rojo de la sangre, como una especie de broma del destino. Unos metros más allá, una marca de llanta quemada cruzaba el asfalto: una moto. No había nadie más. Al fin, sacó el celular y llamó a emergencias.

Mientras esperaba, miró de nuevo hacia la esquina… y ahí la vio. Una moto escondiéndose entre las sombras. Cuando el conductor notó que lo habían descubierto, arrancó, pero dejó caer una gorra. Él corrió tras la moto, inútilmente. Al llegar al lugar donde había caído, la recogió: era una gorra de la pizzería donde trabajaba.

Volvió al local y le preguntó a la encargada quién más estaba de turno. Ella le dijo que solo él; el otro repartidor se había reportado enfermo, por eso le había tocado pedido tras pedido. No se oían sirenas. Regresó al lugar del accidente, pero la mujer ya no estaba. Revisó su celular: la llamada a emergencias seguía ahí. No lo había imaginado.

¿Entonces qué había pasado con el cuerpo?

Fue a la esquina donde había visto la moto. Un rastro de sangre llevaba hasta un edificio abandonado, que parecía haber sido un taller o algo así. Tragó saliva y lo siguió. Quizá la mujer seguía viva y buscaba ayuda.

El rastro descendía al sótano. Allí había artilugios mecánicos, tuberías, engranajes y estructuras incomprensibles para él, como los restos de una máquina. En el centro había un monitor antiguo, encendido. Un teclado colgaba de él. Pulsó Enter. Nada. Apretó más teclas. Nada. Cuando estaba a punto de rendirse, la pantalla se llenó de líneas de código.

Entonces la presión del aire cambió. Sus oídos se taparon. La visión se le oscureció.

Y luego volvió la luz.

Estaba frente a una casa, con una caja de pizza en la mano. Una jovencita salió, pagó con un billete de doscientos y tomó la caja. Él no pudo decir nada. La alarma de su reloj sonó: medianoche en punto. No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué era más temprano que antes? Y de repente…

El cadáver de la mujer cruzó su mente como un relámpago.

¿Podría evitar el accidente?

Arrancó la moto y aceleró. Ignoró semáforos. Tomó curvas como si fuera invencible. Tenía que llegar. Tenía que salvarla.

Al doblar después de la pizzería, un autobús lo deslumbró. Cerró los ojos un segundo. Luego: freno, impacto, oscuridad.

Cuando volvió en sí, la vio: la mujer muerta en el pavimento.

¿Yo la maté? —pensó.

Huyó. Dejó el casco tirado. Avanzó apenas unos metros con la motocicleta y se detuvo, dio la vuelta y vomitó del vértigo. Miró el accidente… y se vio a sí mismo. Entonces entendió todo. Él siempre había sido el repartidor que la chocó. Lloró. Aceleró. Su gorra cayó al suelo mientras escapaba. A unas cuadras lo recordó: la máquina. Podía volver a usarla. Podía corregirlo todo.

Regresó. El cadáver seguía ahí. Lo cargó, temblando, y lo llevó al sótano. Tecleó de nuevo en la máquina. Oscuridad.

Despertó frente a la pizzería. Miró su reloj, 11:45 de la noche. Fue al lugar del accidente. Tenía tiempo para idear un plan, pero nada se le ocurría. Hasta que pensó que podría interceptar a la mujer, contarle lo que pasaría y advertirle. Buscó a la mujer entre las personas que pasaba, pero no la veía. Realmente no le había visto bien la cara, ¿cómo la iba a reconocer? Entró en pánico. 

Su vestido —pensó—. El vestido verde. 

La vio. Corrió hacia ella y le contó todo. Como era de esperarse, ella gritó. ¿Quién podría creer una historia así? Ella lo empujó y salió corriendo. Tropezó y cayó a la calle. Un autobús que iba pasando tuvo que esquivarlo. Sus farolas deslumbraron a un motociclista: a él mismo. Y luego, esos sonidos familiares.

—Yo lo provoqué… —murmuró—. No importa qué haga. Siempre soy yo.

Corrió directo al edificio. Bajó al sótano y volvió a usar la computadora. Oscuridad y luego luz. Vio su reloj, eran las 11:30 p.m. Decidido tomó su motocicleta, se puso en posición y esperó.

Se vio buscándola. Hablando con ella. Viéndola huir.

Entonces aceleró. Su objetivo era el mismo.

Y luego un gran sonido. Las dos motos chocaron de frente.

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Categoría: Ciencia Ficción

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