La desgracia, que les duró toda la vida, se tomó un día libre casi al principio de su viaje, con la llegada del invierno, hacía ya más de veinte años.
Cuando tenía cinco años, había visto por televisión una película americana ambientada en Navidad y no podía comprender por qué allá nevaba y en su ciudad no. Apenas medio año después ocurrió el apagón mundial. Nunca tuvo tiempo de disfrutar de aquella curiosidad infantil. El mundo se había vuelto demasiado grande y demasiado cruel, demasiado rápido.
Ya habían pasado cinco años desde el apagón y tres desde que comenzaron las migraciones. El mundo, simplemente, se había apagado. Algunos decían que había sido la inteligencia artificial. Otros culpaban a los rusos. Incluso hubo quienes aseguraban que todo era obra de los chinos. La verdad era mucho más retorcida que cualquiera de esas teorías: la gente más poderosa del planeta había decidido jugar a ser Dios y hacer un experimento global.
Su hermano había estado con él todo este tiempo. Le llevaba dos años. Eran apenas unos adolescentes, pero ya habían visto más horrores de los que cualquier adulto debería ver en toda una vida.
No podían quedarse más de un mes en el mismo lugar. Entre los carroñeros que buscaban problemas todo el tiempo y los fanáticos religiosos que buscaban sacrificios, permanecer demasiado tiempo bajo un mismo techo era una invitación a la muerte.
Habían caminado tanto que ya se habían desviado de cualquier ciudad grande. Tomaron una carretera antigua y llegaron a lo que apenas podía llamarse un pueblo. Parecía que el apocalipsis se había olvidado de llegar hasta allí. La gente, aunque apenas era una docena, vivía como si el mundo no se hubiera roto.
Los hermanos no eran tontos. Se movían por las sombras, nunca se dejaron ver. Aún así, no podían dejar de asombrarse al ver que nadie se peleaba, que nadie gritaba.
El frío era cada vez más intenso y su hermano mayor lo resentía más; casi toda la ropa la llevaba puesta el menor.
Por fin encontraron una casa deshabitada y entraron. El interior estaba medianamente limpio: muebles viejos, una mesa con sillas torcidas y lo que alguna vez fue una cocina integral. Buscaron entre cajones y alacenas, pero no hallaron nada para comer. La pequeña sala tenía un sillón enorme y un estante de madera carcomida. Rebuscaron por toda la casa en busca de algo útil: unas tijeras, una mochila pequeña, unas calcetas y un gorro fue lo que encontraron.
Entonces los ojos del hermano menor se iluminaron. Debajo del estante encontró una pequeña esfera de cristal con un muñeco de nieve dentro. La agitó. La nieve falsa comenzó a caer lentamente, como si aquel pequeño mundo no supiera que el verdadero se había acabado.
Mientras su hermano revisaba los cuartos, él siguió jugando con su nuevo tesoro. Recordó aquella película que había visto de niño y se preguntó, por primera vez en años, si aún existirían las películas.
De pronto, afuera se escuchó ruido. Su hermano llegó corriendo y lo abrazó con fuerza.
—No hagas ruido —susurró.
Se asomó por la venta.
—¡Nieve! ¡Está nevando! —gritó el mayor, olvidando por un segundo todo el miedo aprendido.
El menor corrió y miró. Era verdad. La gente salía de sus casas. Los niños reían y corrían entre los copos. Los hermanos se miraron. No dijeron nada. Sonrieron. Abrieron la puerta y salieron.
Ese fue su último día feliz. Y lo recordarían hasta el fin de sus días.
