Hay personas en la vida con las que te cruzas una sola vez y te cambian para siempre. Ese fue mi caso con el señor Raúl.
Yo llevaba unos tres años que había terminado la universidad y trabajaba en un empleo godín, de esos clásicos de oficina. El cliché viviente del mexicano explotado: nunca me dejaban salir a mi hora, las horas extra las pagaban con pizza, todo lo querían “para ayer” y terminaba tan cansado que mis domingos eran solo para dormir. Estaba harto, pero ¿qué podía hacer? Tenía que trabajar. Tenía que generar dinero.
¿Dinero para qué? Ni siquiera tenía tiempo para usarlo.
La realidad de mucha gente es vivir en el trabajo. Trabajar toda la vida explotado. Y todavía escuchar a tus jefes decir: —Pero tienes mucho tiempo, después del trabajo puedes hacer lo que quieras.
¿Y el trabajador que pierde tres horas diarias en transporte público? Cuando llega a su casa, sus hijos ya están dormidos. La vida se vuelve gris, pero nos decimos que es por un futuro mejor. La verdad es que el sistema no está hecho para la clase trabajadora.
Una noche, después del trabajo, pasé a comprar algo de cenar y me senté en una banca del parque. Ahí fue cuando vi al señor Raúl. Un cincuentón desarreglado, de barba larga y lentes, jugando con las palomas. Primero pensé que era el clásico loquito del centro. Pero luego se sentó en otra banca, sacó un libro y se puso a leer.
Yo seguía cenando y lo observaba. Leía un rato, luego caminaba y hablaba con la gente de los puestos ambulantes, se reía, recogía la basura que encontraba en el suelo y la tiraba. Se veía vivo.
Después de un tiempo se fue del parque y nunca más lo volví a ver.
La curiosidad no me dejaba en paz, así que me acerqué a una señora que atendía un puesto de hot dogs y le pregunté por él. Me contó que se llamaba Raúl, que de vez en cuando venía al parque y pasaba horas ahí. Le pregunté si era vagabundo y me dijo que no.
Desde joven se había dedicado a todo tipo de oficios. También escribía, daba clases de idiomas y, de vez en cuando, paseaba perros y hacía otros trabajos. Me dijo que una vez le preguntó si no le daba miedo no tener suficiente dinero, porque no tenía algo estable.
—Me respondió que si te preocupas todo el tiempo por el dinero, terminas siendo esclavo de él. Que tienes que ganarte la vida, pero que tampoco te la tomes tan en serio. Que solo se vive una vez y que prefiere vivir simple y feliz a vivir encerrado en un cubículo.
Me quedé callado.
Volví a sentarme en la banca y me puse a pensar. Esa era otra forma de ver la vida. Distinta a la que me habían enseñado, a la que todos nos habían enseñado. Tenía defectos, claro. Pero la forma en que yo vivía también. Pero ahí estuvo la clave: había otras formas.
No sabía si la vida del señor Raúl era la mejor. Pero sí sabía que yo ya no podía seguir así, encerrado en un cubículo. Estando todo el tiempo cansado, frustrado y triste.
Ese día mi manera de pensar cambió. Todo por un señor que sonreía mientras le daba de comer a unas palomas en un parque.
