Yo crecí en un pueblo costero donde la playa era parte de cada familia. Creo que la primera vez que fui debí de tener unos cinco años. Todo para mí era nuevo: la arena, el mar, los pinos que rodeaban la playa. Pero algo que siempre me ha causado intriga ha sido el horizonte.
Cuando miras hacia el mar no puedes ver el final. No existe una palabra en español para describir la parte más lejana de la costa que podemos ver, pero en inglés se llama the offing. De niño no sabía qué más había después de lo que alcanzaba mi visión, pero me imaginaba que el mar se extendía hasta el infinito y pasaba horas pensando en lo que podría haber en ese mar interminable: monstruos, piratas, islas secretas, tesoros.
Pero luego llegaba la tarde y nos íbamos de la playa. El horizonte se quedaba allí; no era algo que me llevara a casa para seguir imaginando. Era como si el horizonte perteneciera solo a ese lugar; a la complicidad del mar. Eso me hacía sentir que la playa tenía cierta magia creativa.
Tal vez era mi lugar creativo de niño, tal vez solo una parte más de mi vida. Lo cierto es que el horizonte fue lo que despertó mi curiosidad; lo cierto es que el horizonte me volvió escritor.
