La mayoría de las personas necesita darle sentido a las cosas. Creemos que existe algo más grande que nosotros que rige nuestra vida: algunos lo llaman destino, otros Dios. Pero la verdad es que el universo es caótico; no es más que una cadena de eventos sin un fin concreto. Somos nosotros quienes le otorgamos significado. Somos nosotros quienes creamos la ilusión del orden.
El universo es caótico, violento y aleatorio. Sin embargo, el ser humano necesita creer que todo tiene un propósito. Tomemos como ejemplo la gravedad. En la escuela nos enseñan que Newton la descubrió porque una manzana le cayó en la cabeza mientras descansaba bajo un árbol. Una historia simple, casi poética. Pero la realidad fue distinta.
Newton no estaba contemplando la naturaleza por placer: huía de la plaga que azotaba Londres y se refugió en su casa de campo, en Woolsthorpe Manor. Allí, un día, vio caer una manzana en su jardín y se preguntó por qué había ocurrido. Un suceso terrible —una epidemia devastadora— fue el contexto que llevó al descubrimiento de algo que hoy damos por sentado. No hubo destino ni diseño divino, solo una sucesión de eventos aislados a los que, después, les dimos sentido.
Y la plaga no terminó ahí. Continuó y aniquiló a una enorme parte de la población europea. Si existieran el destino o Dios, ¿no podrían haber elegido una forma menos violenta de conducir al descubrimiento de la gravedad?
Pensemos también en los trasplantes de corazón: sin la Segunda Guerra Mundial, no habrían sido posibles. ¿Qué tiene de poético un genocido? ¿Dónde está el orden perfecto del universo en medio de la destrucción? ¿Que Dios sería capaz de darle cáncer a un recién nacido?
Al universo le valemos madre.
