James Victore decía que “las cosas que te hacían raro cuando eras niño te hacen grandioso hoy”, y no podría estar más de acuerdo. Todo aquello que nos hacía reír de niños, lo que nos llenaba de emoción, lo que nos obsesionaba hasta el punto de hablar de ello durante horas, eso es, en realidad nuestra verdadera esencia.
Es triste ver cómo ese niño emocionado se transforma en una persona gris, en alguien que enterró sus pasiones por quedar bien ante la sociedad. No veas caricaturas, no compres juguetes, no juegues esos videojuegos. Los adultos “de verdad” se visten bien, hablan de finanzas, hablan de política.
No caigas en esa trampa. Ser adulto no es ser aburrido, no es ser “serio”. Crecer es encontrar cómo tus pasiones pueden sostenerte en la vida. Suena a cliché, pero dicen que si amas lo que haces nunca se sentirá como trabajo… y es cierto.
En un mundo que te empuja constantemente a producir, a proveer, a construir una carrera en áreas específicas, sacar provecho de tus pasiones es algo poco común. Pero no porque nuestras “rarezas” no puedan ser comerciales, sino porque pocos se atreven a dar ese paso.
Y sí, muchas veces quienes podemos hacerlo es gracias a cierto privilegio del que gozamos. No todas las personas pueden darse el “lujo” de dedicarse a su pasión. Dicen que si el dinero no fuera problema en las personas, todos nos inclinaríamos a la cultura. Pero si tenemos la oportunidad —gracias a nuestros padres, a nuestra familia o a nuestros contactos— no hacerlo sería fallarle a nuestro niño interior. Porque todo lo que te hacía sonreír de niño también puede hacerlo de adulto.
