En portugués existe una palabra que no tiene una traducción exacta al español: saudade. Designa un sentimiento de melancolía o de profundo anhelo por alguien, algo o algún lugar que ya no está y que, probablemente, nunca vuelva. Es una palabra que condensa amor y dolor en una misma emoción. Alguna vez leí que la describen como “el bien que se padece y el mal que se disfruta”.
Para mí, esta palabra podría englobar lo que muchos sentimos de la vida después de cierta edad. Al crecer, la vida adquiere un sabor distinto. Nos volvemos más sabios, pero a costa de los dolores que atravesamos en el camino. Aprendemos de nuestros errores, aunque a veces el arrepentimiento llega cuando ya no queda nadie a quien decírselo.
Hay personas que dejamos atrás: amigos a quienes lastimamos, familia que no supimos valorar, amores que se extinguen. La vida es tan breve para nosotros que quizá por eso amamos con tanta rapidez. Hacemos amistades en el trayecto, vínculos que no alcanzamos a apreciar hasta que es demasiado tarde, porque hay despedidas que solo se comprenden cuando los años ya han pasado.
Creemos que tenemos tiempo de sobra, pero, cuando nos damos cuenta, ese familiar al que tanto queríamos ya no está y no compartimos con él todo el tiempo que hubiéramos deseado. La vida está hecha de recuerdos, y estos nunca desaparecen: solo aprender a doler de otra manera.
Por eso, no vivamos anclados en la nostalgia. Dejemos de sumar a la lista de la saudade personas, lugares y cosas. Vivir es otra forma de honrar lo que fue.
