Todos deberíamos escribir.
No como obligación, sino como un acto íntimo de placer. Escribir es una de esas raras actividades que se disfrutan de verdad en soledad, aunque poco se hable de ellas. Vivimos desconfiando de lo que se hace a solas: ir al cine sin compañía, viajar sin nadie, sentarse en el parque a solas. Como si la soledad necesitara justificación.
Escribir no necesita una finalidad.
Escribir es un territorio propio. Un tiempo suspendido donde la voz interior deja de susurrar y se atreve a hablar. En la escritura se derraman frustraciones, miedos, pasiones; ahí aparecen, sin maquillaje, nuestras intenciones más honestas. Al escribir imaginamos, reflexionamos, pensamos —pero también sentimos— con una claridad que rara vez nos permitimos.
Escribir es, además, un acto de desdoblamiento. No siempre escribimos con nuestra voz: a veces prestamos las letras a un personaje. Pensamos como él, decidimos como él, fallamos como él fallaría.
Escribir es dar a luz: ideas, mundos, preguntas, versiones de nosotros mismos que no sabíamos que existían. Todo eso puede hacerse en silencio, a solas, sin aplausos.
Por eso es que todos deberíamos escribir.
