Flor de León

Llenando la hoja en blanco

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La Maqueta cuento de ciencia ficción

La maqueta

Publicada el enero 18, 2026enero 18, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Abrió los ojos y lo primero que vio fue un edificio en llamas. Sus tímpanos estaban reventados; como pudo, se puso de pie. Una bicicleta pasó frente a ella, envuelta en fuego. No recordaba nada. No sabía dónde estaba. No sabía quién era.

Metió la mano en el bolsillo y sacó su celular: no tenía batería. Se acercó a un coche y vio su reflejo en el espejo. No lograba reconocerse. Era una mujer de unos treinta y tantos; tenía la cara manchada y la ropa mojada. Comenzó a observarse con más detalle, pero el sonido de una explosión la sacó del trance.

Todo a su alrededor estaba en llamas. Empezó a caminar en línea recta. La calle no tenía sentido: había edificios, pero también casas pequeñas, mercados, gasolineras, tiendas de playa, hasta iglús. Nada encajaba. Siguió caminando y, de pronto, sintió algo extraño; se volteó solo para ver que la calle desaparecía detrás de ella. Se dio cuenta de que el espacio se construía mientras avanzaba

Caminó en reversa y vio cómo los edificios frente a ella desaparecían. Cerró los ojos. Su respiración comenzó a agitarse. ¿Qué hago aquí?, se preguntó.

Decidió entrar a una de las casas. Abrió la puerta y se asomó: total oscuridad. Cerró y fue a otra casa. Lo mismo. Vio una pequeña tienda con ventanales. Desde aquí sí se ve el interior, pensó. Se acercó, abrió la puerta y entró. Aunque por fuera la tienda era visible, por dentro no había nada. No solo estaba todo a oscuras; tampoco había ningún ruido.

Entonces pensó que no había dicho una sola palabra desde que despertó.

—Hola —dijo.

El sonido llenó la habitación y, como si la palabra fuera pintura, el cuarto se iluminó.

—¿Hay alguien aquí? —gritó.

La habitación volvió a iluminarse, ahora con más intensidad, como una especie de eco visual. Aplaudió y una pequeña luz se encendió. El cuarto quedó bañado por una luz tenue.

En el centro había una maqueta. Se acercó y vio que representaba los mismos edificios y casas que había visto afuera. Volvió a aplaudir. Ahora la maqueta estaba en llamas. Se inclinó más, como si el fuego no pudiera quemarla. Allí, en la calle principal, la vio: estaba ella, en miniatura.

Las dos se miraron fijamente.

La figura diminuta aplaudió y todo se apagó.

El Horizonte

El horizonte

Publicada el enero 17, 2026enero 17, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Yo crecí en un pueblo costero donde la playa era parte de cada familia. Creo que la primera vez que fui debí de tener unos cinco años. Todo para mí era nuevo: la arena, el mar, los pinos que rodeaban la playa. Pero algo que siempre me ha causado intriga ha sido el horizonte.

Cuando miras hacia el mar no puedes ver el final. No existe una palabra en español para describir la parte más lejana de la costa que podemos ver, pero en inglés se llama the offing.  De niño no sabía qué más había después de lo que alcanzaba mi visión, pero me imaginaba que el mar se extendía hasta el infinito y pasaba horas pensando en lo que podría haber en ese mar interminable: monstruos, piratas, islas secretas, tesoros.

Pero luego llegaba la tarde y nos íbamos de la playa. El horizonte se quedaba allí; no era algo que me llevara a casa para seguir imaginando. Era como si el horizonte perteneciera solo a ese lugar; a la complicidad del mar. Eso me hacía sentir que la playa tenía cierta magia creativa.

Tal vez era mi lugar creativo de niño, tal vez solo una parte más de mi vida. Lo cierto es que el horizonte fue lo que despertó mi curiosidad; lo cierto es que el horizonte me volvió escritor.

Paranoia Cuento de Terror

Paranoia

Publicada el enero 15, 2026enero 15, 2026 por Alfredo H. Álvarez

Eran las dos de la mañana cuando se levantó. No fue súbitamente; fue algo muy natural. Un pequeño sonido proveniente del baño que poco a poco se fue filtrando en su sueño hasta que su propia mente lo reconoció como real. Abrió los ojos y su mirada se dirigió directamente al baño. La habitación estaba oscura, pero una luz tenue iluminaba el interior.

Su primer pensamiento fue: ¿dejé la luz prendida? Pero ese pensamiento no duró más que un instante. De pronto, una paranoia invadió su cuerpo; quizá se habían metido por la ventana del baño… quizá ese sonido que lo despertó fue un ladrón entrando a su casa. ¿Qué haría ahora?

Su celular se estaba cargando en la sala de abajo. No tenía teléfono fijo —¿quién los sigue usando en esta época?— y, aunque vivía en un fraccionamiento de esos que abundan en México, las casas de la colonia estaban desocupadas porque eran las vacaciones y ahí solo vivían estudiantes foráneos. Nadie lo escucharía gritar.

El sonido era ahora más reconocible y no había parado desde que se levantó. Era constante, ligero, con eco. Un pequeño ruido que llenaba por completo la habitación. Lo reconoció: era una gota de agua cayendo del grifo del lavabo.

¿Se habrá lavado las manos el ladrón?

¿Fui yo quien dejó abierta la llave y la luz?

Cada pregunta que se hacía solo alimentaba su paranoia. Pero tenía que hacer algo. Volteó hacia su mesita de noche y vio que había una taza. La tomó. Tenía un arma ahora.

Lentamente se levantó. Sigiloso, se dirigió al baño de su cuarto y, con un salto, entró apuntando la taza hacia la ventana. No había nadie. El sonido seguía constante, inundando la escena con un eco casi tenebroso.

La paranoia se fue disipando de su cuerpo. Sonrió, dejó la taza en el lavabo, cerró la llave y apagó la luz. Se metió en la cama, listo para volver a dormir.

De pronto, se escuchó cómo giraba la perilla de la puerta de la habitación. La puerta se abrió.

SILENCIO.

Las Margaritas

Publicada el enero 15, 2026enero 20, 2026 por Alfredo H. Álvarez

A Damián siempre le han gustado las margaritas. Realmente no es que sea una persona refinada, ni que vaya a bares de cócteles, ni siquiera es afeminado, pero siempre ha sentido una gran atracción por esa bebida refrescante, sofisticada y coqueta.

De niño vio una película; no recuerda ni la trama ni el título, pero lo que sí recuerda es que el personaje principal, un dizque detective de poca monta, siempre se tomaba una margarita antes de empezar a investigar uno de sus casos. A Damián eso le pareció increíble. Él solo había visto que su papá y sus amigos tomaban cerveza cuando se juntaban los domingos a asar carne y recordar viejos tiempos en los que todos eran deportistas, no tenían deudas y tenían cabello.

Siempre asoció la cerveza con ser un adulto aburrido, pero una margarita era para los misteriosos, para los osados, para prepararse para seguir a un posible criminal. Lo curioso es que Damián nunca se había atrevido a pedir una margarita: ¿qué iban a decir de él? Un arquitecto, campeón de lucha en la escuela, padre de tres hijos, tomando una margarita… seguro era rarito.

Pero Damián siempre lo tenía presente; era como un placer culposo que ni siquiera había tenido el gusto de disfrutar a escondidas. Hoy Damián cumple 40 años. Hoy Damián está decidido a tomarse esa margarita. Y qué mejor que hacerlo antes de ir a su fiesta de cumpleaños (que para nada era ir a investigar a un criminal: era una reunión con cuatro personas más, un bebés, y que seguro acabaría antes de medianoche, pero eso no le importaba).

Damián quería probarla. Salió de la oficina, se subió al coche y buscó en la aplicación de mapas: “margaritas”. Cinco lugares se desplegaron. Obviamente fue al más alejado; no quería toparse con nadie conocido.

Llegó al lugar. Era muy fancy, con muebles caros, plantas y flores por todos lados (no se parecía para nada al bar que frecuentaba el detective). Estaba en el décimo piso de un edificio bastante lujoso y lleno de gente refinada. Se sentó en la barra, pidió su margarita y esperó. Sentía una emoción desbordante. Los segundos parecían horas.

El bartender regresó y le puso una margarita adornada con una pequeña sombrilla roja. Damián estaba extasiado. Vio la hora, vio su celular, volvió a mirar el lugar. Tomó la bebida y, de un sorbo, se la acabó.

Un silencio invadió el bar. No sabía si era por tanta expectativa o por haber creído en una película de bajo presupuesto de un canal de televisión abierta, pero la margarita no le supo a nada especial. El bartender se le acercó y le preguntó si quería otro trago.

Damián pidió un whisky. El bar se llenó de ruido de nuevo. Damián le gritó al bartender:

—No, mejor dame otra margarita.

Damián sonrió.

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Este es mi diario, un recordatorio que tengo que escribir todos los días. Todos los relatos aquí son de ficción.

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