Ese día había olvidado su cargador en casa y, para la hora de salida, su batería ya se había agotado. De su trabajo a su casa hacía casi una hora de viaje. Tenía que caminar unas cuadras hasta el metro, transbordar dos estaciones y todavía caminar veinte minutos más para poder llegar.
Y, por si fuera poco, nunca podía salir realmente a su hora. Siempre la ponían a terminar inventarios, a poner precios a los productos, a revisar la caducidad de las cosas, o simplemente su jefe se quedaba platicando con ella cinco minutos antes de su salida, con la intención de que le aceptara una ida a un bar que estaba a la vuelta.
La cosa es que terminaba tomando el metro casi a las diez de la noche.
Estaba en su último transbordo. Faltaban quince minutos para llegar a su estación. El vagón ya estaba casi vacío. Había una pareja quedándose dormida, una madre con su hijo y un señor mayor con un bastón en la mano. Normalmente se la pasaba escuchando música, pero esa noche se quedó sola con sus pensamientos.
Comenzó a observar el vagón. La pareja que estaba a punto de dormirse traía el uniforme de una famosa pizzería. La madre se veía realmente cansada, a diferencia de su hijo, que no paraba de dar vueltas y gritar.
Pero cuando volteó a ver al hombre mayor, se le erizó la piel.
El hombre la estaba mirando fijamente. Parecía que no respiraba, pero había algo en su mirada que la ponía muy incómoda.
Por un momento, el vagón pasó por un túnel y las luces se apagaron. Habrían sido tres segundos a lo mucho antes de que regresara la iluminación, pero para ella eso duró horas.
Cuando por fin el vagón volvió a iluminarse, el hombre mayor estaba de pie. Seguía mirándola directamente.
Faltaban dos paradas más para llegar a su estación.
Lo más extraño era que parecía que nadie más notaba al hombre. Todos estaban en su propio mundo.
El vagón se detuvo y entraron dos personas más, platicando y riendo. Se sentaron justo enfrente del hombre mayor. Él seguía mirándola y parecía apretar cada vez más el bastón.
Solo una estación más.
Ella nunca se había sentido tan incómoda como esa noche. El corazón se le aceleró, comenzó a sudar, la pierna no dejaba de temblar.
Finalmente el vagón volvió a detenerse y, de forma casi instintiva, se levantó. Sin mirar atrás, salió del vagón. Su paso era apresurado. Subió las escaleras eléctricas corriendo y salió de la estación. Poco a poco se fue tranquilizando.
Sería imposible que el hombre pudiera seguirle el paso; tenía un bastón —pensó.
Pero, a solo unas cuadras de la estación, lo vio.
Estaba parado en la esquina, mirándola.
¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Por qué la estaba siguiendo?
Comenzó a correr y no se detuvo hasta llegar a la calle de su edificio. Sacó las llaves con manos temblorosas y abrió el portón.
Algo dentro de ella la hizo voltear.
Ahí estaba de nuevo. En la esquina de enfrente, el hombre mayor con su bastón, mirándola. Esta vez tenía una sonrisa simple. Demasiado simple.
Entró al edificio y cerró con llave. Subió al tercer piso, entró a su departamento y aseguró todos los cerrojos. Puso a cargar su teléfono y se encerró en su cuarto.
Pasó la noche en vela, con el celular en la mano y, de tanto en tanto, asomándose por la ventana. En busca del hombre mayor.
Nunca más volvió a verlo. Nunca más volvió a olvidar su cargador.
Pero esa sensación de incomodidad, cada vez que se subía al metro, nunca desapareció.
