Su sueño era una vida mejor para él y para los suyos. Por eso estaba ahí, apretujado en la oscuridad de una camioneta, dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Le habían dicho que cruzar la frontera sería lo más duro que haría en su vida, pero no lo entendió hasta ahora.
El olor lo golpeaba como un puñetazo: sudor, vómito, sangre, miedo. Los llevaban como gallinas enjauladas, uno encima del otro. Todo su dinero se había ido en pagarle al coyote. Todo. Y aún así, ahí estaba, temblando.
Dentro de la camioneta no se veía nada. Las náuseas le subían desde el estómago, mezcla del hedor y nervios. Nunca se había sentido tan miserable.
De pronto, un frenazo seco. Salió volando y cayó al suelo de la camioneta, aplastando a alguien que gritó de dolor. Luego, ruido afuera. Voces y luego disparos.
Las náuseas le nublaron la mente. La puerta se abrió de golpe y la luz los cegó. Parpadeó, aturdido. Cuando pudo enfocar, vio dos cuerpos inmóviles, torcidos, sangrando en el piso. Algo se le rompió por dentro. Vomitó.
Los bajaron de la camioneta a punta de pistola. Era la migra. Las náuseas seguían ahí, cada vez más insoportables. Mientras otros oficiales sacaban a los demás y arrastraban los cuerpos, él echó a correr sin rumbo, con su familia en la mente.
Un disparo.
Ya no hubo más náuseas. Ya no hubo más nada.
