Eran las dos de la mañana cuando se levantó. No fue súbitamente; fue algo muy natural. Un pequeño sonido proveniente del baño que poco a poco se fue filtrando en su sueño hasta que su propia mente lo reconoció como real. Abrió los ojos y su mirada se dirigió directamente al baño. La habitación estaba oscura, pero una luz tenue iluminaba el interior.
Su primer pensamiento fue: ¿dejé la luz prendida? Pero ese pensamiento no duró más que un instante. De pronto, una paranoia invadió su cuerpo; quizá se habían metido por la ventana del baño… quizá ese sonido que lo despertó fue un ladrón entrando a su casa. ¿Qué haría ahora?
Su celular se estaba cargando en la sala de abajo. No tenía teléfono fijo —¿quién los sigue usando en esta época?— y, aunque vivía en un fraccionamiento de esos que abundan en México, las casas de la colonia estaban desocupadas porque eran las vacaciones y ahí solo vivían estudiantes foráneos. Nadie lo escucharía gritar.
El sonido era ahora más reconocible y no había parado desde que se levantó. Era constante, ligero, con eco. Un pequeño ruido que llenaba por completo la habitación. Lo reconoció: era una gota de agua cayendo del grifo del lavabo.
¿Se habrá lavado las manos el ladrón?
¿Fui yo quien dejó abierta la llave y la luz?
Cada pregunta que se hacía solo alimentaba su paranoia. Pero tenía que hacer algo. Volteó hacia su mesita de noche y vio que había una taza. La tomó. Tenía un arma ahora.
Lentamente se levantó. Sigiloso, se dirigió al baño de su cuarto y, con un salto, entró apuntando la taza hacia la ventana. No había nadie. El sonido seguía constante, inundando la escena con un eco casi tenebroso.
La paranoia se fue disipando de su cuerpo. Sonrió, dejó la taza en el lavabo, cerró la llave y apagó la luz. Se metió en la cama, listo para volver a dormir.
De pronto, se escuchó cómo giraba la perilla de la puerta de la habitación. La puerta se abrió.
SILENCIO.
